relato breve

Ignominia: Caso número 1

En una bolsa de basura negra en el medio de una calle poco transitada, así lo dejé, echado a la suerte de algún curioso que se encuentre con sus grotescas partes separadas, o de alguien que, por diversión o descuido, lo pase por arriba con el auto a una velocidad considerable. De la misma forma que dejó a mis gatos, lo que no se dio cuenta que el sinvida era él, porque la vida nos las dan las personas que nos rodean, y a él solo lo rodean las moscas.

Lejos de casa

Por un momento olvidé lo que iba hacer al salir al infinito espacio. La vista deslumbrante del planeta que llamamos casa, me dejo atónito. Tan brillante, de colores serenos, aglomeraciones de ciudades brillantes, vastos océanos, ríos que parecían las propias arterias de la Tierra, y cordilleras que partían continentes enteros. Visto desde afuera de la estación, era distinto: de un lado la Tierra, del otro lado, un vacío sepulcral, rodeado de la inmensidad oscura del espacio. La llamada de Kustrov me alertó:

–¡Alej! ¡Te estas apartando mucho de la estación!

Por suerte seguía atado por el cordón umbilical a la estación. Utilicé los mandos que manejaban los propulsores de aire, y me acerqué despacio a donde estaba mi objetivo. Tenía que actualizar el programa del módulo XT-82, éste era el responsable del monitoreo y control de la presión de la atmosfera artificial de la estación. Una tarea cautelosa, estaba previsto que tardara cuatro horas en realizarla. Apoyé mis manos donde se encontraba el módulo, y fui sacando, uno a uno, los grandes tornillos que lo sujetaban. Saqué solo un poco el dispositivo para revelar el conector a mi computadora táctil, que llevaba sujeta a mi antebrazo izquierdo. Enchufé el sistema, y ahora solo había que esperar que el cambio de se efectúe, controlando que no surgiera ningún error. El más mínimo incidente podía matar a Kustrov, ya que la falta de una atmosfera amigable le haría hervir la sangre, la presión se encargaría que exploten sus pulmones, una muerte dolorosa en extremo: de adentro hacia fuera. (más…)

Pormenores de ser invisible

Con mis cuatro patitas marrones me acerco a la cocina y me contengo las ganas de maullar, a veces se me escapa un «au» bien cortito sin querer y tengo que salir disparado para que no sospechen. Tengo hambre y están tardando mucho en hacer esos jugosos bifecitos a la plancha que tanto me gustan.

Al fin los humanos se sentaron a comer, aprovecho para saltar a la mesada y comer un pedazo de esa carne que huele tan bien. Antes que alguien vuelva a la cocina, y, se encuentre con un pedazo de bife suspendido en el aire que se hace cada vez más chiquito, salto y me voy al cuarto del señor de cara redonda y fofa. En cualquier momento, va venir a dormir la siesta. Espero que llegue hecho una bolita a los pies de la cama. Me gusta verlo dormir, puedo jugar con su bigote finito y curvo sin que se dé cuenta (más…)

El Templo Lumínico

Baruc se sumergió en la oscuridad para encontrar el cuarto sin sombra. El umbral del templo era una división entre dos mundos; de un lado la vida de nuestro sol y del otro, la muerte de una luz que no se atrevía a entrar.

Le habían advertido que los exploradores que se habían aventurado en las profundidades del Templo Lumínico, presentaban signos de demencia o no se los había vuelto a ver. Los sobrevivientes perdían la vista y no servían para nada más que para advertir a las personas de ir al cuarto sin sombra, aunque no podían encontrar las palabras para explicar lo que habían visto y luego dejaron de ver. Baruc no podía perder la oportunidad de tener esa experiencia. No creía que fueran del todo ciertas las advertencias, intuía que fingían, que era todo un acto cuidadosamente planeado para preservar la integridad del templo que ellos creían sagrado. Decidió arriesgarse, porque donde hay un secreto, hay una verdad. (más…)

Burbujas

Nota del autor: este es un cuento conceptual y lleno de simbolismo, lo escribí ya hace un buen tiempo. Un poco distinto a lo que escribo habitualmente, espero que les guste. 

Esa noche mi papá me dio una paliza tremenda, pero también me acuerdo de las burbujas. Sentí que él había llegado. Desde el silencio de la casa, en mi cuarto, me encontraba parado, esperando. El ambiente se fue humedeciendo, las paredes se volvieron acuosas y de pronto, estaba sumergido.

El mar era hermoso, ese verano que pasamos en familia, con peces de distintos tamaños, algunos diminutos como la punta del dedo índice, otros grandes como tablas de surf. Pasaban al lado mío como si fuera uno más, mientras yo no me moviera, ellos seguían en su enorme pecera carente de límites, buscando comida, cada uno en su propio asunto. Era como estar parado en una calle muy transitada. Este mundo tan distinto al nuestro, pero tan similar, donde se respira agua y no aire, me fascinaba. Peces de mirada inexpresiva, no parecían preocupados pero tampoco alegres. Siguiendo las reglas de la naturaleza y la cadena alimenticia, cada uno al acecho del otro. La inminente sensación de que alguien más fuerte te devorara, dentro de esa aparente paz, me aterraba, yo estaba preocupado y por momentos, los entendía. (más…)