realismo sucio

Suciedad y estado

Me desperté el mediodía de un martes y prendí un cigarrillo. Mary seguía desplomada en la cama, desnuda. Llovía. Era un día de mierda. Fui a la cocina, tenía algo de hambre. Abrí la heladera que no enfriaba nada porque nos habían cortado la luz por falta de pago: unas cuantas lechugas muertas, queso con hongos, dos cervezas y tomates, uno parecía estar en condiciones todavía. Le di un mordisco, pero no, estaba podrido por dentro. Vomité en el piso. Un asco. Había vomitado una cosa medio verde medio marrón con mucho olor a alcohol. Para sacarme el mal gusto agarré las cervezas, calientes, y me fui al sillón a tomar. Agarré de la mesa mi caja de cigarrillos, estaba vacía. Me puse la camisa y el short que había tirado en el piso la noche anterior, y salí del departamento.

Sentado en la vereda estaba mi vecino, el fortachón, con ropa deportiva y barba cuidada, fumando marihuana. Me convidó una pitada y le di una larga. Me dijo que me sentara un rato, le dije que no, que no podía, tenía que ir a comprar cigarrillos. Así que me puse a caminar, la estación de servicio quedaba a una cuadra. Caminé lento, no llovía tan fuerte.

La estación era muy grande, tenía de todo: kiosco, cafetería, restaurante, y hasta un bar que funcionaba de noche. Pasé los surtidores saludando a los chicos desde lejos. En el ventanal de la tienda leí SE NECESITA PERSONAL. ¿Por qué no?, pensé, necesito plata urgente. Entré y le pregunté a uno de los cajeros:

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