cuento

Simulacro de satisfacción

Después de subir la foto del café gourmet que encontró en internet, y, recibir a cambio una lluvia de corazones virtuales que la hicieron sonreír por un instante, Flavia siguió trabajando en la planilla de Excel que la mantendría ocupada hasta el mediodía.

Su vida nada de glamour tenía, pero su identidad en línea era digna de celebridad de Hollywood. Satisfacía los estándares de una sociedad obsesionada con realidades alternas. Flavia pasaba los días ideando y creando fotos perfectas, pasajera de una vida que no le pertenecía. Había gastado todos sus ahorros en el último iPhone. Estaba alimentando un monstruo, y ella sabía lo que hacía: un intercambio entre placer inmediato, y un vacío que la gente tras la pantalla suponía llenar con admiración exaltada. (más…)

Inercia exprés

Recostado en el sillón, Alfonso ordenó con su teléfono inteligente: una cápsula de vitalidad diez miligramos, una de ravioles de ricota con salsa blanca y otra de Coca-Cola.

Prendió el televisor.

Eran las dos de la tarde y recién se había levantado. «Qué suerte, me levanté justo para ver la nueva temporada de Desatemos el nudo», pensó. Tuvo que hacer un esfuerzo y estirar su brazo derecho, que brillaba por un sudor perpetuo, para alcanzar la bandeja donde eran depositadas las cápsulas. En una mesa al lado del apoyabrazos del sillón estaba su más reciente adquisición: la NovaVit 3000. Era la nueva versión de impresoras de cápsulas a demanda, capaz de recargar sus recursos inalámbricamente con solo el toque de un botón. Le había solucionado muchos problemas, como el que tener que pararse e ir caminando hasta la puerta a recibir al chico del delivery de cartuchos y tener un intercambio de palabras incómodo. Alfonso agarró las tres cápsulas y se las metió todas juntas aplastando la mano abierta contra su boca. Era uno de sus combos preferidos. Empezó a sentir como le volvían las fuerzas que no habían sido repuestas en sueños, los ravioles sintéticos lo saciaron, y la Coca-Cola le dio su toque característico de azúcar efervescente.

Estaba listo para encarar el día. (más…)

Suciedad y estado

Me desperté el mediodía de un martes y prendí un cigarrillo. Mary seguía desplomada en la cama, desnuda. Llovía. Era un día de mierda. Fui a la cocina, tenía algo de hambre. Abrí la heladera que no enfriaba nada porque nos habían cortado la luz por falta de pago: unas cuantas lechugas muertas, queso con hongos, dos cervezas y tomates, uno parecía estar en condiciones todavía. Le di un mordisco, pero no, estaba podrido por dentro. Vomité en el piso. Un asco. Había vomitado una cosa medio verde medio marrón con mucho olor a alcohol. Para sacarme el mal gusto agarré las cervezas, calientes, y me fui al sillón a tomar. Agarré de la mesa mi caja de cigarrillos, estaba vacía. Me puse la camisa y el short que había tirado en el piso la noche anterior, y salí del departamento.

Sentado en la vereda estaba mi vecino, el fortachón, con ropa deportiva y barba cuidada, fumando marihuana. Me convidó una pitada y le di una larga. Me dijo que me sentara un rato, le dije que no, que no podía, tenía que ir a comprar cigarrillos. Así que me puse a caminar, la estación de servicio quedaba a una cuadra. Caminé lento, no llovía tan fuerte.

La estación era muy grande, tenía de todo: kiosco, cafetería, restaurante, y hasta un bar que funcionaba de noche. Pasé los surtidores saludando a los chicos desde lejos. En el ventanal de la tienda leí SE NECESITA PERSONAL. ¿Por qué no?, pensé, necesito plata urgente. Entré y le pregunté a uno de los cajeros:

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Tiempo para estar

Marta, mi mujer, me miraba parada con las manos en la cintura, con la cara seria, casi trágica. Yo, que estaba leyendo el diario en el sillón, quería hacerme una bolita cada vez más chiquita y desaparecer, esfumarme por arte de magia y despertar de un mal sueño para poder disfrutar de otro domingo a la mañana tranquilo. Después de tantos años de evadir la siguiente conversación, me lo dijo, y no llegó en forma de pregunta:

—Antonio, quiero tener un hijo. (más…)

Encuentros

Ella alimentaba a las palomas, y a su lado, Stefan, observaba pensativo. Las palomas se peleaban por agarrar las migajas de pan que les tiraba, se daban picotazos, volaban unas arriba de las otras y batían sus alas. Stefan no le encontraba sentido, y no pudo evitar preguntarle a su desconocida, compañera de banco:

—¿Por qué da de comer a las palomas, señorita?
—Porque tienen hambre, ¿no ve? —respondió.
—Sí, pero las palomas nunca se sacian, lo único que hace es fomentar su reproducción epidémica, además, yo no las veo muy contentas.
—Mire, señor, las palomas son animales como todos nosotros, y, sin embargo, a un niño muerto de hambre no se le negaría un poco de pan, ni pensar considerar nuestra reproducción una epidemia —dijo la mujer.
—Tal vez. Pero no puede comparar una paloma con un ser humano…

La señorita se levantó. Y se sentó a dos bancos de distancia de él. (más…)

Esferas de agua

Ella dibujaba espirales en la arena. Creía que si de alguna manera conseguía realizarlos a la perfección, algo mágico sucedería y su padre, volvería. Estaba segura que la forma de los caracoles y sus detallados dibujos, en la dura pero frágil coraza que los protegían, escondían algo. Confirmaba sus creencias cuando estos después de cierto tiempo, abandonaban sus pequeñas casas enigmáticas y las dejaban al alcance de sus manos para que ella pudiera leer sus mensajes ocultos. Los crustáceos camuflados en la arena le hacían sospechar con su comportamiento que fueran espías, controlando todos sus movimientos, pero a la vez guiándola en el buen trazar de los espirales.

Marina podía pasar tardes enteras en la playa. Cuando empezaba a caer la noche era tiempo de volver a su casa ya que tenía que preparar la cena a su madre, además, no le gustaba para nada quedarse sola, iluminada únicamente por la luz de la luna. A la noche pasaban cosas raras, los animales de la arena no eran los mismos, cambiaban por unos más grandes y feos, o por lo menos eso ella pensaba. El rugido de las olas junto con la brisa helada que aullaba sonidos fantasmagóricos, le daba escalofríos. Su hermana le había contado que el primo de su amiga una vez se adentró en el mar de la noche, y nunca más volvió. «Las olas y los monstruos del agua se lo llevaron», le dijo cuando ella tenía tan solo 4 años. Marina había cumplido once años, se consideraba una mujer grande, pero ese miedo infundido de chica parecía no desaparecer. (más…)

En el baile

Raúl era sin lugar a dudas, un tipo hábil con las palabras. Recuerdo esa noche que yo estaba con unas ganas de salir tremendas, ir al bar, y festejar mi ascenso. «Me encantaría Ricardito, pero estoy con una jaqueca de esas que te nublan la vista. No puedo ni caminar, ni bien me paro, ya comienza el mareo y me tengo que sentar para no vomitar. Hace mucho que no me venían estas migrañas, y justo hoy, me pasa. Perdón che, me hubiera encantado salir con vos a festejar», me dijo Raúl al teléfono, ¿Qué le podía decir? Después me enteré por una foto en Facebook de Laura, su mujer, que había salido el descarado, «Cenando con mi osito de peluche» titulaba, y los dos con una sonrisa boba. No era un mal amigo Raúl. Vaya uno a saber por qué decía esas mentiras innecesarias, sabiendo cómo era él, le creía de todas maneras porque siempre sus argumentos sonaban tan convincentes y reales. Sabía que sus intenciones no eran malas, simplemente era así. Había aprendido a quererlo, y llevábamos diez años de buenos amigos.

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La búsqueda

La estrella cayó como un rayo cae del cielo. Nos miramos, y como si nos hubiéramos leído la mente, supimos cuál iba ser nuestro próximo juego. Teníamos que encontrarla.

—¡El que la encuentra primero, se queda con ella! —gritó Andrea, mientras salía corriendo para adentrarse en el bosque.
—¡Esperame! ¡Vamos juntos! —dije, pero ya era tarde. Andrea se iba perdiendo, como una serpiente, entre los densos árboles que lindaban la playa. Empecé a correr. La estrella había dejado señales de su caída en el cielo, un fino trazo de nube apuntaba que no debía estar lejos de donde estábamos nosotros.

Nunca habíamos ido al bosque, pero esa vez no dudamos. Los árboles retorcidos, con sus ramas indecisas, eran como guardianes de los secretos de la naturaleza, muy cerca unos de otros; era difícil correr en línea recta. Ya había perdido de vista a Andrea, cada día confirmaba más lo rápida que era, a pesar de su enfermedad de los huesos. Desde que la conozco tenía ese problema, su familia había buscado todo tratamiento posible, hasta con curanderos espirituales, pero nada. Andrea sufría, por las noches le costaba dormir, decía que era como si sus huesos quisieran escapar de su cuerpo. (más…)

Ignominia: caso número 3

Mi patrón había llegado borracho. Yo estaba en la cocina terminando de lavar los platos de la cena. Escuché la puerta y sus pasos torpes, su respiración pesada. Cerré la canilla, apagué la luz. Me fui rápido a mi cuarto y me acosté tratando de hacer el menor ruido posible. Recé para que no sea necesario hacerlo. Al rato escuché que tocó la puerta despacito, como si eso fuera señal de no estar buscando problemas. Esperó casi un minuto y tocó dos veces más la puerta, fuerte. Saqué con miedo el puñal que escondía debajo del colchón. Me temblaba la mano. «María», escuché. «¡¡María!!», gritó. Abrió la puerta y empezó a sacarse el cinturón. Antes que pudiera tirarse arriba mío me levanté y le clavé el cuchillo en las costillas, una vez, dos veces, y una vez más en la panza mientras lo miraba a los ojos, para que se acuerde bien de mí. Agarré las pocas cosas que tenía, limpié y guardé el puñal. Dejé al viejo tirado en el piso como si fuera basura, como me dejaba a mí cada vez que se pasaba con el trago. Apagué las luces de la casa y me fui sin mirar atrás, sin tener ni una pizca de remordimiento.

Una misión

Me asusté mucho cuando apareció ese bicho negro y me dijo: «Sé que estas confundido y no es la primera vez que pasa, pero tranquilo, todos fuimos alguien antes». No entendía como podían salir palabras de eso que era una enorme mandíbula triangular. Atrás de él, miles de otros bichos idénticos se movían todos muy ocupados como buscando algo.

—¿Dónde estoy? Me quiero ir a mi casa —dije.

—¡Estás en casa! A ver… —Se fijó en una libreta roja que tenía agarrada en una de sus muchas patas y dijo—: Te vamos a llamar Kanú ¿te gusta?

—¿Kanú? Pero si yo me llamo… esperá… me llamo…

—¡No importa! No te vas a poder acordar de tu viejo nombre por más que trates. ¡Vení! ¡Seguime! —Empezó a caminar y de pronto paró— ¡Ah! Por cierto, mi nombre es ¡Taruk! (más…)