comedia

En el baile

Raúl era sin lugar a dudas, un tipo hábil con las palabras. Recuerdo esa noche que yo estaba con unas ganas de salir tremendas, ir al bar, y festejar mi ascenso. «Me encantaría Ricardito, pero estoy con una jaqueca de esas que te nublan la vista. No puedo ni caminar, ni bien me paro, ya comienza el mareo y me tengo que sentar para no vomitar. Hace mucho que no me venían estas migrañas, y justo hoy, me pasa. Perdón che, me hubiera encantado salir con vos a festejar», me dijo Raúl al teléfono, ¿Qué le podía decir? Después me enteré por una foto en Facebook de Laura, su mujer, que había salido el descarado, «Cenando con mi osito de peluche» titulaba, y los dos con una sonrisa boba. No era un mal amigo Raúl. Vaya uno a saber por qué decía esas mentiras innecesarias, sabiendo cómo era él, le creía de todas maneras porque siempre sus argumentos sonaban tan convincentes y reales. Sabía que sus intenciones no eran malas, simplemente era así. Había aprendido a quererlo, y llevábamos diez años de buenos amigos.

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