ciencia ficción

Inercia exprés

Recostado en el sillón, Alfonso ordenó con su teléfono inteligente: una cápsula de vitalidad diez miligramos, una de ravioles de ricota con salsa blanca y otra de Coca-Cola.

Prendió el televisor.

Eran las dos de la tarde y recién se había levantado. «Qué suerte, me levanté justo para ver la nueva temporada de Desatemos el nudo», pensó. Tuvo que hacer un esfuerzo y estirar su brazo derecho, que brillaba por un sudor perpetuo, para alcanzar la bandeja donde eran depositadas las cápsulas. En una mesa al lado del apoyabrazos del sillón estaba su más reciente adquisición: la NovaVit 3000. Era la nueva versión de impresoras de cápsulas a demanda, capaz de recargar sus recursos inalámbricamente con solo el toque de un botón. Le había solucionado muchos problemas, como el que tener que pararse e ir caminando hasta la puerta a recibir al chico del delivery de cartuchos y tener un intercambio de palabras incómodo. Alfonso agarró las tres cápsulas y se las metió todas juntas aplastando la mano abierta contra su boca. Era uno de sus combos preferidos. Empezó a sentir como le volvían las fuerzas que no habían sido repuestas en sueños, los ravioles sintéticos lo saciaron, y la Coca-Cola le dio su toque característico de azúcar efervescente.

Estaba listo para encarar el día. (más…)

Lejos de casa

Por un momento olvidé lo que iba hacer al salir al infinito espacio. La vista deslumbrante del planeta que llamamos casa, me dejo atónito. Tan brillante, de colores serenos, aglomeraciones de ciudades brillantes, vastos océanos, ríos que parecían las propias arterias de la Tierra, y cordilleras que partían continentes enteros. Visto desde afuera de la estación, era distinto: de un lado la Tierra, del otro lado, un vacío sepulcral, rodeado de la inmensidad oscura del espacio. La llamada de Kustrov me alertó:

–¡Alej! ¡Te estas apartando mucho de la estación!

Por suerte seguía atado por el cordón umbilical a la estación. Utilicé los mandos que manejaban los propulsores de aire, y me acerqué despacio a donde estaba mi objetivo. Tenía que actualizar el programa del módulo XT-82, éste era el responsable del monitoreo y control de la presión de la atmosfera artificial de la estación. Una tarea cautelosa, estaba previsto que tardara cuatro horas en realizarla. Apoyé mis manos donde se encontraba el módulo, y fui sacando, uno a uno, los grandes tornillos que lo sujetaban. Saqué solo un poco el dispositivo para revelar el conector a mi computadora táctil, que llevaba sujeta a mi antebrazo izquierdo. Enchufé el sistema, y ahora solo había que esperar que el cambio de se efectúe, controlando que no surgiera ningún error. El más mínimo incidente podía matar a Kustrov, ya que la falta de una atmosfera amigable le haría hervir la sangre, la presión se encargaría que exploten sus pulmones, una muerte dolorosa en extremo: de adentro hacia fuera. (más…)