Inercia exprés

Recostado en el sillón, Alfonso ordenó con su teléfono inteligente: una cápsula de vitalidad diez miligramos, una de ravioles de ricota con salsa blanca y otra de Coca-Cola.

Prendió el televisor.

Eran las dos de la tarde y recién se había levantado. «Qué suerte, me levanté justo para ver la nueva temporada de Desatemos el nudo», pensó. Tuvo que hacer un esfuerzo y estirar su brazo derecho, que brillaba por un sudor perpetuo, para alcanzar la bandeja donde eran depositadas las cápsulas. En una mesa al lado del apoyabrazos del sillón estaba su más reciente adquisición: la NovaVit 3000. Era la nueva versión de impresoras de cápsulas a demanda, capaz de recargar sus recursos inalámbricamente con solo el toque de un botón. Le había solucionado muchos problemas, como el que tener que pararse e ir caminando hasta la puerta a recibir al chico del delivery de cartuchos y tener un intercambio de palabras incómodo. Alfonso agarró las tres cápsulas y se las metió todas juntas aplastando la mano abierta contra su boca. Era uno de sus combos preferidos. Empezó a sentir como le volvían las fuerzas que no habían sido repuestas en sueños, los ravioles sintéticos lo saciaron, y la Coca-Cola le dio su toque característico de azúcar efervescente.

Estaba listo para encarar el día.

—Hola, hijo, ¿cómo estás? —dijo su madre, con una sonrisa que nada de felicidad tenía, mientras se terminaba de poner el saco para volver al trabajo.

—Como siempre, Ma —dijo Alfonso sin apartar la vista del televisor, con voz grave y alargando las palabras—, pero hablamos después, estoy concentrado con mi serie.

—¿Almorzaste?

—Sí, Ma, unos ravioles.

—¿De tus pastillitas esas?

—Sí, Ma, pero por favor, no estoy entendiendo lo que pasa, ¿te podés ir?

—¡Mirá que te apago la tele eh! A tu madre le hablás bien.

—Bueno, Ma, perdón, pero necesito prestar atención.

—Lo que necesitas es conseguir un trabajo. Tus pastillas esas de porquería no se pagan solas —dijo mientras salía del departamento dejando sus palabras como en eco.

Alfonso, acostumbrado a tener todos los días la misma charla, siguió tratando de desatar el nudo. La situación lo había estresado en demasía. Ordenó cuatro cápsulas de cerveza. «Al fin se fue, ya me puedo relajar un poco», pensó. El alcohol lo había mareado, no estaba entendiendo si Moni se había enojado con Pepe por olvidar de comprarle un chocolate, o si Pepe era el que estaba enojado porque Moni no fue a recibirlo con un beso. Se le estaban cerrando los ojos.

Alfonso soñó que estaba corriendo en un pastizal desierto que parecía una mullida alfombra verde, el cielo estaba cubierto de nubes que amenazaban descargar sus rayos en cualquier momento. Corría sin saber a dónde se dirigía, solo corría y no sentía cansancio ni emoción alguna. A lo lejos vio lo que parecía ser una gran ciudad. No quería ir, pero igual estaba yendo. Llegó al límite entre el pastizal y donde de pronto empezaba la metrópolis. Se detuvo. De un lado había edificios grises que parecían gigantes erguidos desafiantes, gente trajeada yendo y viniendo por las veredas mirando el piso, vehículos furiosos con semáforos que se rehusaban a poner orden, transeúntes que se insultaban unos a otros sin razón. Del otro lado, apareció en el pastizal su sillón, su televisión y su preciada impresora de cápsulas a demanda. Alfonso estaba petrificado en una indecisión paralizante.

Su madre había vuelto del trabajo, se encontró con Alfonso dormido, acostado en el sillón con el rostro compungido.

—Despertate, Alfonso —dijo sacudiéndole el hombro.

Alfonso tembló del susto.

—Tranquilo hijo… ¿Soñabas? —dijo con un aire de haber vivido la misma situación mil veces.

—Sí, me despertaste —dijo Alfonso mientras se sentaba tratando de calmarse.

—¿Lo de la ciudad otra vez?

—Sí, ¿cómo sabías?

—Alfonso, basta, tenés que conseguir un trabajo, necesitás salir de casa.

—Pero, Ma… estoy estudiando para ser crítico de tevé, sabés eso, y la única forma de aprender es viendo mucha tele.

—Te estás mintiendo a vos mismo Alfonso, ¿no te das cuenta?

—¡No! Yo crecí viendo programas de televisión, ¡desde que tengo recuerdo!, ¡soy bueno para eso! ¡Es lo único que sé hacer! ¡Yo no tengo la culpa de ser como soy! —Alfonso estaba elevando mucho la voz y gesticulaba.

—Hijo… Seguro es necesario en parte, pero también tenés que saber muchas cosas más, como saber escribir y relacionarte con gente del ámbito, cosa que no podés hacer tirado en el sillón todo el día atiborrándote de pastillas.

—¡¿Qué hora es Ma?! —dijo Alfonso preocupadísimo.

—Las seis y media.

—¡Uuuy! ¡Qué suerte que me despertaste Ma! ¡Ahora justo empieza el nuevo episodio de Secando los mocos al sol!

Alfonso con un rápido movimiento de pulgares ordenó una cápsula de hamburguesa, con triple queso y panceta.

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