Suciedad y estado

Me desperté el mediodía de un martes y prendí un cigarrillo. Mary seguía desplomada en la cama, desnuda. Llovía. Era un día de mierda. Fui a la cocina, tenía algo de hambre. Abrí la heladera que no enfriaba nada porque nos habían cortado la luz por falta de pago: unas cuantas lechugas muertas, queso con hongos, dos cervezas y tomates, uno parecía estar en condiciones todavía. Le di un mordisco, pero no, estaba podrido por dentro. Vomité en el piso. Un asco. Había vomitado una cosa medio verde medio marrón con mucho olor a alcohol. Para sacarme el mal gusto agarré las cervezas, calientes, y me fui al sillón a tomar. Agarré de la mesa mi caja de cigarrillos, estaba vacía. Me puse la camisa y el short que había tirado en el piso la noche anterior, y salí del departamento.

Sentado en la vereda estaba mi vecino, el fortachón, con ropa deportiva y barba cuidada, fumando marihuana. Me convidó una pitada y le di una larga. Me dijo que me sentara un rato, le dije que no, que no podía, tenía que ir a comprar cigarrillos. Así que me puse a caminar, la estación de servicio quedaba a una cuadra. Caminé lento, no llovía tan fuerte.

La estación era muy grande, tenía de todo: kiosco, cafetería, restaurante, y hasta un bar que funcionaba de noche. Pasé los surtidores saludando a los chicos desde lejos. En el ventanal de la tienda leí SE NECESITA PERSONAL. ¿Por qué no?, pensé, necesito plata urgente. Entré y le pregunté a uno de los cajeros:

—¿Se necesita personal?

—Buenas tardes. Sí, esperame un ratito que llamo a la encargada. —Me miró de arriba abajo con su cara de sapo, y se fue.

Esperé.

Se abrió la puerta de lo que parecía ser la oficina del lugar, y salió una tipa un poco gordita pero muy linda. Tenía unos anteojos de carey que le quedaban mal con su uniforme violeta.

—Buenas tardes, señor. Siéntese por favor. —Y me indicó sonriendo una de las sillas. Ella se sentó también.

Ahí me di cuenta que me había pegado un poco el canuto. No entendía por qué estaba en esa situación. Me sentí ridículo, todo mojado y con olor a mierda seguro.

—Estamos necesitando personal de limpieza. —Movió el culo acomodándose en la silla—. Es para encargarse de todas las áreas de la estación, pero en especial los baños, que son lo que más se ensucian. ¿Tiene usted experiencia? —me preguntó. Pensé que era una pregunta bastante tonta ¿Qué iba responder? «Sí, soy un experto limpiando baños, lo vengo haciendo de toda la vida». No. Me quedé pensando mucho tiempo, hasta que dije cualquier cosa para no alargar la situación:

—Le quedan muy bien esos anteojos, tiene usted un gusto exquisito.

Se puso colorada.

—Gracias, es usted muy amable. ¿Por qué no se presenta mañana así le muestro lo que tiene que hacer? Siento que nos vamos a llevar muy bien.

Sus palabras sonaron como en eco.

—Yo también lo siento. Muchas gracias. Le agradezco.

Nos dimos la mano, y hasta luego. Se rascó la nariz y volvió a su oficina.

Me había metido en un quilombo, de nuevo. Qué pelotudo. Ahí me acordé para qué había ido a la estación: los cigarrillos. Agarré de paso un pack de cerveza.

—¿Y? ¿Cómo te fue? —me preguntó el cajero—. Parece que vas a festejar, por las cervezas, digo. —Las apuntó y se rio. No me pareció gracioso.

—Sí. Festejar. —Pagué. Me di la vuelta. Y me fui.

Salí de la estación y volví caminando al edificio con mi bolsita. Todavía llovía.

En la entrada seguía mi vecino sentado en los escalones, fumando, parecía enojado, tenía la cara fruncida. Me senté con él y le convidé una cerveza, la cual aceptó con mucho gusto y me pegó despacito en el hombro. Nos quedamos tomando y no paraba de hablarme de su moto y un accidente que tuvo hace dos años. Yo escuchaba en silencio mientras fumaba un cigarrillo y alternaba con la maría. Miraba cómo caía la lluvia en la bolsa de basura abierta tirada en la calle: cajas de pizza, vino en cartón, latas de cerveza y otras inmundicias que no podía reconocer.

—Debe estar directamente relacionado con la aceleración —atiné. Nunca había andado en moto, pero había visto algunas carreras en la tele.

—¡Exacto! —me respondió muy exaltado de repente y gesticulando— ¡Cuánto menos aceleración, más tracción! —eso me dijo.

Antes que mi vecino el grandulón me tomase toda la cerveza, me paré y entré al edificio. Nos vemos, le dije, tengo que mear, y me respondió con un al pelo y una bocanada de humo. Él siguió ahí, fumando, creo que eso es lo único que hacía, aparte de ir al gimnasio y salir con la moto todas las noches. No soy de preguntar a las personas por su vida privada, pero me causaba curiosidad de dónde sacaba la plata para pagar el alquiler. Subí las escaleras hasta mi piso. En el último escalón, tropecé. Tiré las dos latas que me quedaban y me di un golpazo en la rodilla. Puta madre. Abrí la puerta del departamento y sentí un olor asqueroso. El vómito seguía ahí, parecía haber fermentado en el piso. Lo limpio después, dije, y me fui a sentar al sillón. Cuando quise tomarme una cerveza, por la agitada que estaba explotó, bañándome la cara, la camisa, la pared y parte del sillón. Me saqué la ropa y quedé en calzoncillos. La herida de la rodilla me sangraba. Tengo que contarle a Mary, pensé. Fui rengueando a la habitación, ella seguía en la cama durmiendo.

—Mary —dije—. A que no adivinás qué me pasó.

Ni se movió.

—Mary. —Le moví un poco la pierna—. Mary.

Dijo algo inentendible, y se acomodó sobre su lado derecho. Había tomado mucho la noche anterior, habíamos. La dejé.

Y bueno. Volví al sillón e intenté poner música, eran las tres de la tarde más o menos. Prendí un cigarrillo y tomé la cerveza que me quedaba. Tenía hambre, me había olvidado de comprar algo para comer. Al día siguiente iba tener que presentarme en la estación a limpiar la mierda de la gente que le importa tres carajos si acierta o no al inodoro. No me voy a presentar, pensé, voy a quedar mal con todos, fue una idea muy estúpida. Iba tener que evitar la estación por unos días.

*****

Tenía que conseguir plata, y rápido, nos iban a echar del departamento si seguíamos así. Debíamos tres meses de alquiler. Se me ocurrió ir a preguntarle al grandote (que después me enteré que en el barrio le decían «El Mota»), a qué se dedicaba y si sabía de algún trabajito. Lo que me ofreció no me lo esperaba para nada. No parecía un mal tipo, ya lo conocía hacia un año y la verdad nos llevábamos muy, muy bien. Siempre fumábamos en la entrada, tomábamos birra y teníamos largas charlas sobre política y tecnología. Pero no era mi amigo. Me limpié un poco la herida y la apreté con la mano un ratito para que parara de sangrar, me lavé la cara, agarré los cigarrillos y me puse el short. Bajé a buscarlo.

Seguía sentado en los escalones.

Me senté con él y saqué un faso.

—¿Tenés fuego?

Agarró el encendedor y me lo pasó sin decir nada.

—¿Todo bien? —le pregunté.

Apretó fuerte los labios y abrió grande los ojos, asintió lentamente mirando algún punto invisible entre la calle y sus ojos.

—Me están a punto de echar del edificio… —le dije despacio, mientras fumaba.

—…

—¿No sabés del algún buen laburo? Estoy podrido de trabajar en cualquier pelotudez.

El Mota trabó el brazo derecho mientras se lo miraba, y después dijo en voz baja, sin dejar de mirarse el brazo:

—Sí, sé de algún laburito.

—Y… ¿de qué se trata? —le pregunté.

Me miró, puso su mano monstruosa muy cerca de mi cara, y me dijo:

—No sos cana, vos, ¿no? —Tenía los ojos muy rojos.

—Noo, loco. ¿Cana? ¿Yo? Si fuera cana no iba estar buscando laburo.

Bajó el brazo sin dejar de mirarme.

—Tenés razón. Entonces me podés ayudar esta noche, si tenés los cojones amigo, si sos un puto hombre. Aunque yo te estaría ayudando a vos en verdad. Solo porque me caés bien y te veo muy mal.

Pensé en qué decir.

—Tengo los huevos —dije—, los tengo bien puestos. —Y me los agarré en un gesto medio boludo—. Vos decime, y lo hacemos, sea lo que sea.

—Acá no. Subamos a mi depto y te cuento.

—Dale. —Nos paramos, y nos fuimos.

 Su departamento estaba bien equipado, pero se notaba que vivía solo. Había: un sillón de cuero negro que ocupaba casi toda la sala, un televisor enorme, de esos finitos, y un equipo de sonido con cuatro parlantes de un metro más o menos. Nos sentamos en el sillón, frente a una mesa baja de vidrio. Sacó el celular, puso una playlist de hip-hop, y se quedó un rato boludeando en Facebook. Mientras, yo fumaba y lo miraba de reojo. Había olor a comida. Empezó a armar un porro en una tablita de madera que había agarrado de la mesa. Tardaba mucho en contar las cosas, el hijo de puta se movía en cámara lenta, me estaba poniendo nervioso y no podía parar de fumar.

—Y bueno… ¿de qué se trata? —dije, tratando de apurar un poco la cosa.

—A las doce de la noche te aviso, y nos vamos a pescar al centro.

—¿A pescar?

—Sí, a pescar. ¿Qué te pasa? ¿Sos tontito?

Nunca había escuchado esa expresión.

—Agarramos la moto, y vamos al centro a buscar a alguien que tenga pinta de tener plata. Le robamos todo lo que tenga encima. Ellos saben qué hacer, no hace falta decir nada. Un celular nuevo deja buena guita. Yo elijo y apunto, vos bajás, agarrás las cosas, las ponés en el bolso y seguimos viaje. Te doy parte de lo que saquemos después. ¿Te prendés?

(Continuará…)

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