Renuncio

Le pregunté a Claudia si estaba segura de lo que quería hacer, renunciar al trabajo acarrea más consecuencias de lo que uno piensa. Plata no necesitábamos, con mi trabajo era suficiente, pero ¿qué iba hacer en casa todo el día? Lo venía pensando hace mucho, y yo, estaba un poco harto de escuchar sus quejas todas las noches: que su jefe le daba tareas que no le correspondía, que le pedían que trabaje casi todos los sábados, que no le dejaban poner plantas en su oficina porque era antihigiénico, que no estaba segura si le gustaba lo que hacía… Siempre había algo nuevo por lo cual quejarse.

—Te vas aburrir —le dije, mientras la observaba, desde el sillón, caminar inquieta con una copa de vino en la mano, con ese grado de adrenalina que anuncia un cambio.

—¡Pero jamás, cariño! Voy a tener más tiempo para mí, ¡y más tiempo para vos también!

—Acordate que yo trabajo casi todo el día, y tengo mi rutina inalterable, necesito concentrarme y mi espacio de tranquilidad.

—¡No te voy a molestar! Te lo prometo —dijo Claudia, que ya había tomado la decisión, y nada ni nadie la iba parar.

Al día siguiente, vino con la noticia previsible. Había renunciado y estaba con ganas de festejar, así que fuimos al restaurante que íbamos siempre cuando había que celebrar algo: al chino. Empezaba nuestra nueva vida conyugal, yo estaba feliz por ella pero con un poco de miedo, después de seis años de relación, algo la conocía.

Sonó el despertador. El sol brillaba. Era un día lindísimo. Me estaba desperezando en la cama y Claudia se veía tan hermosa, tan relajada, hasta su piel parecía estar más suave al tacto, su pelo lacio caía tranquilo, desparramado elegantemente en las sábanas. No se había despertado todavía. La abracé, me abrazó, nos besamos, e hicimos el amor: el desayuno perfecto. Ella siguió durmiendo y yo me preparé para correr en la cinta: diez minutos de caminata rápida, diez de trote, y otros diez caminando despacio. Me duché y me puse mi ropa de trabajo: zapatos náuticos, pantalones caqui, y camisa blanca cerrada hasta el cuello; aunque trabajo desde casa (soy programador), estar sin algún tipo de uniforme, por más placentero que suene, no me parece apropiado. Calenté el agua para el mate y lo preparé metódicamente.

Nuestro departamento era chico, pero no necesitábamos más que eso: tenía dos dormitorios con baño, y la sala con la cocina integrada separada por una barra de madera, con cuatro bancos pintados de blanco. En el dormitorio libre estaba mi oficina y cuarto de estudio, ahí tenía todas mis cosas: el escritorio con mi computadora y silla funcional, la cinta para correr, mi biblioteca con mis libros y discos de música, el equipo de sonido con parlantes de alta gama (suenan como los ángeles), y una guitarra clásica un poco olvidada. No dejaba mucho espacio para circular, pero por lo menos todo estaba donde tenía que estar. Ya sentado y listo para meterme en los algoritmos informáticos, escuché que Claudia se despertaba.

—¡¡Buen día mi amor!! —Entró a mi oficina gritando, todavía en piyamas, y se sentó en mi regazo. Casi me tira el mate.

—Buen día cariño, ¿cómo estás? Ni veinticuatro horas de haber renunciado y ya pareces otra. —Me acomodé un poco en la silla para que no nos caigamos.

—Sí, la verdad que me siento muy, muy, bien. ¡Me siento libre!

—Me alegro —dije mientras le acariciaba la espalda.

—Ya te hiciste el mate veo, mañana te lo preparo yo, y todo lo que necesites avisame, ¿sí?

—Gracias. Ahora me tengo que poner manos a la obra. Tengo que entregar este programa contable para fin de mes, y me falta bastante todavía.

—Bueno, bueno, te dejo tranquilo, ¿sí? —Me dio un beso sonoro en la boca—. Me voy a comprar unas frutas para el desayuno. —Se fue y dejó la puerta de mi oficina abierta. Me levanté, cerré la puerta, y puse un disco de Mozart (uno de mis compositores favoritos).

Estuve programando sin parar hasta el mediodía, estaba animado, en ese tiempo vino Claudia, y me trajo una manzana en rodajas y un jugo de naranja exprimido. Almorzamos ensalada y sándwich de berenjena. Todo un lujo para mí, lo normal en mi día a día sin Claudia, era mate, y máximo unos bizcochitos, de almuerzo empanadas compradas, y después más mate. No podía perder el tiempo cocinando.

Durante la tarde seguí trabajando. Claudia salió de compras con su amiga Rocío, que, al parecer, también había renunciado. Por lo menos iba tener con quien estar al pedo, y no me iba interrumpir tanto. A la noche tuvimos una velada romántica: Claudia trajo un Malbec, velas con forma de corazones, preparó unas bruschettas y vimos una película cómica de los ochentas acostados en la cama. ¡Qué día!

A la semana nuestro living era algo parecido a un bosque. Claudia se había desquitado con eso de no poder poner plantas en la oficina, puso de todo: helechos, unos árboles diminutos, flores rojas y blancas en macetas, y unos cactus. Le daba vida y purificaba el aire, eso me había dicho, o no sé si era psicológico, pero me hacía sentir bien. Después llegó Pancita. Pancita era un gato que cuando lo trajo cabía en mis dos manos, tenía la cola muy corta, la cabeza toda negra y el cuerpo marrón y blanco. Temblaba del miedo el pobre. Le pusimos ese nombre porque cuando lo trajo de la calle tenía el vientre hinchado (después nos enteramos que era porque tenía bichos). A mí los animales me gustan, pero porque Claudia estaba todo el día fuera de casa, y yo me iba tener que hacer cargo de su bienestar, habíamos decidido no tener uno. Los días siguientes pasaron llenos de desayunos perfectos, jugos naturales, almuerzos vegetarianos, salidas de ella con Rocío, y noches románticas en nuestro pequeño espacio selvático, con Pancita. ¿Qué más podía pedir?

Hacía un mes que Claudia había renunciado. Estar sin obligaciones le sentaba (y me sentaba) bárbaro. Claudia le daba luz a la vida, nunca estuve más contento de haberme casado con ella, era la pareja ideal, mi complemento, no podía pedir más nada en la vida.

Una noche, luego de tener una sesión larga de trabajo que no me dejó ni salir de la oficina un segundo, la encontré recostada en el sillón de la sala, que ahora estaba cubierto con una sábana vieja blanca por Pancita, con su piyama de seda negro y una botella de vino casi vacía. Se relamía los labios y estaba muy seria. Miraba fijo como jugaba Pancita con el corcho de la botella en el piso.

—¿Estás bien Claudia? —Me fue raro verla así.

—No Jorge, no estoy bien.

—¿Y qué te pasa? —la pregunté y me senté a su lado, muy junto a ella.

Se apartó lo suficiente para que no nos tocáramos.

—No me pasa nada, siento que nuestra vida está siendo muy monótona, y hablo de vos y yo, nuestra relación, pero más de yo que de vos.

—Mi amor… hace un mes renunciaste y es la primera noche que no pudimos hacer nada por mi trabajo. ¿Por qué no te vas a dormir y lo hablamos mañana?

—No quiero dormir Jorge, ¿no ves que estoy mal? Estuve pensando…

—¿Qué estuviste pensando Claudia? —El tonito con que me lo dijo lo conocía muy bien.

—Me voy a África Jorge.

—¡¿A ÁFRICA?! —Casi me caigo del sillón.

—Sí, a Tanzania.

—¡¿A Tanzania?!

—¡Sí, Jorge! ¿Estás sordo?

—¿¿Y qué se supone que vas hacer en Tanzania??

—Jorge. Querido. Tengo que encontrarme con mí misma. Conocí a un amigo de Rocío que trabaja ahí, es uno de los mejores parques para hacer safaris.

—¿¡Es uno de los mejores parques para hacer safaris?!

—Él me recomendó el contacto con la naturaleza, dijo que me va servir mucho.

Me paré.

—¡¿¿TE VOLVISTE LOCA CLAUDIA??!

—Sabía que ibas a reaccionar así Jorge. No se te puede contar nada a vos, siempre tan metido en tus programitas de mierda esos que te olvidás que existo.

—¡Pero si estábamos tan bien!

—Sí, estábamos bien, ¿pero hasta cuándo? ¿hasta el resto de nuestras vidas? Estuve pensando en el futuro ¡y no me gustó, Jorge!

—No lo puedo creer… ¡Seis años de relación y pensé que te conocía por completo! ¡Grave error! ¡Soy un boludo por haberte dejado renunciar!

—Bueno Jorge… Si querés me voy a dormir a lo de mi mamá… no hay problemas —dijo, ya sintiéndose mejor después de haberme tirado semejante atrocidad.

—No. ¿Y cuándo te vas? ¿Hay algo que pueda hacer para que no te vayas? ¿Vas a volver? ¿Quién es el tipo este que te metió esa idea? ¡Decime!

—Tranquilizate Jorge, no me quiere levantar ni nada si eso estás pensando, es un hombre generoso y caritativo.

—¡Generoso y caritativo!

—Sí Jorge, generoso y caritativo. Se llama Sebastián Cruz, es español, y parece tener mucha experiencia con la vida.

—¡A BUEENO! Me voy a dormir Claudia, hablamos mañana, vos hacé lo que quieras, me cansaste con tus estupideces.

Al día siguiente desperté, y ella ya no estaba. Pancita estaba acurrucado entre mi almohada y la de Claudia, al moverme empezó a maullar con su vocecilla pedigüeña. Ni siquiera sabía dónde guardaba Claudia su comida. Fui a la sala y el olor a plantas, a gato, y a restos de vino: casi me hace vomitar. Tuve que sentarme. Agarré el celular y llamé a Claudia, me atendió con una voz muy lejana:

—Hola Jorge ¿Cómo estás?

—Mal. ¿Cómo voy a estar? ¿Se puede saber dónde estás?

—En el aeropuerto Jorge, no me diste tiempo para contarte que me voy hoy, dentro de unas horas sale nuestro avión.

—¿Me estás hablando en serio? Decime que me estás tomando el pelo.

—No Jorge, no te estoy tomando el pelo, ya te lo dije y te dije la verdad. Tengo que irme, alejarme un poco de esta vida estructurada, tengo que encontrar lo que me gusta.

—¿Y no podías alejarte a un lugar más cerca? ¿Tiene que ser Tanzania?

—Jorge no quiero que me estés escribiendo y llamando todo el tiempo, ¿sí? Necesito desconectarme del todo. Por favor entendeme. Vos estás bien con tu trabajo sistemático y no necesitás mucho para ser feliz, pero a mí me falta algo, no iba aguantar mucho más tiempo con la misma rutina adaptada a tu vida ermitaña.

—No, la verdad que no te entiendo, no entiendo nada. ¿Y qué se supone que haga con Pancita y todas esas plantas que pusiste? Sabés que no soy bueno para esas cosas.

—Te las vas arreglar, Jorge. Me tengo que ir, te mando un beso grande…

Y colgó. Así, sin más.

Pancita seguía maullando, rogándome alimento. No entendía por todo lo que estaba pasando, para él todo ese drama no tenía importancia, le chupaba tres huevos todo, él solo quería comer y comer y cagar. Se me cruzó por la cabeza abandonarlo, llevarlo a una veterinaria y dejarlo ahí; pero ya eran suficientes abandonos por un día. Por lo menos me iba hacer compañía. Ni siquiera me había dicho cuándo iba volver. Busqué sin ganas, por todos lados la comida de Pancita. Estaba arriba de la heladera en una lata navideña, a la vista, y nunca me había dado cuenta.

Ese día lo pasé sentado en la oficina, mirando las paredes sin nada, las esquinas con telarañas que debía limpiar, y el techo, el techo blanco. Eran las ocho de la noche cuando el hambre me hizo sentir peor, mi cuerpo me estaba recordando, como Pancita, que debía alimentarlo, a él tampoco le importaba mucho que Claudia haya renunciado a absolutamente todo lo que valía la pena. En la sala, todos esos helechos y arbolitos parecían mirarme sedientos. Todos querían algo de mí. Todos me necesitaban para sobrevivir; menos Claudia. Regué las plantas, di de comer otra vez al gato, y me fui a comer al chino.

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