Tiempo para estar

Marta, mi mujer, me miraba parada con las manos en la cintura, con la cara seria, casi trágica. Yo, que estaba leyendo el diario en el sillón, quería hacerme una bolita cada vez más chiquita y desaparecer, esfumarme por arte de magia y despertar de un mal sueño para poder disfrutar de otro domingo a la mañana tranquilo. Después de tantos años de evadir la siguiente conversación, me lo dijo, y no llegó en forma de pregunta:

—Antonio, quiero tener un hijo.
—…
—Antonio.
—Ya sé, lo sé desde hace mucho tiempo.
—¿Y pensabas evitar para siempre el asunto? ¿Hasta que ya sea muy tarde para tenerlo?
—¿No me querés cebar un mate? Tengo la garganta muy seca.
—Respondé Antonio y dejá de dar vueltas.
—Sabés lo que pienso al respecto Marta…
—Sí, pero ya no tenemos veinticinco años, ya tuviste tiempo para vivir tu vida. ¿Qué más te queda por hacer?
—Y… muchas cosas. Siempre quise conocer el sur del país, por ejemplo, la Patagonia.
—Si odiás el frío ¿Ahora se te ocurre que querés ir a estar en medio de todos esos hielos? ¡Pero por favor!

Me tenía acorralado, y yo sin ganas de pensar. Marta estaba muy decidida, cuando me pone en esas situaciones no sé qué decir. Solo quería seguir leyendo el diario en silencio, justo estaba leyendo un artículo muy interesante, algo sobre un nuevo método científico para determinar la edad de los gatos con precisión.

—¿Por qué no querés tener un hijo Antonio?
—Nos va cambiar la vida Marta, y estamos bien así…
—Yo no estoy bien. Yo soy la que se queda sola en casa todo el día mientras vos trabajás. Soy infeliz Antonio. ¿No te das cuenta?, ¿podés pensar en alguien más que en vos mismo?
—Pero si estamos bien, tengo un buen trabajo, no necesitás trabajar, vivimos cómodos, y nos sobra la plata en caso de cualquier imprevisto.
—¿En caso de cualquier imprevisto? La plata que nos sobra se acumula en el banco y ya se debe estar haciendo polvo, sabés que después de muerto no sirve para nada la plata, ¿no?
—Estás exagerando Marta…
—¿Y vos creés que estás bien? Llegar del trabajo todos los días, servirte un vaso de whisky «para dormir bien», leer y acostarte. Ni me hablás. Nunca hacemos el amor ¡Ya ni me acuerdo cómo se siente! ¿Eso es estar bien para vos?, ¿planeás hacer lo mismo por el resto de tu vida?

En parte tenía razón, pero yo de verdad era feliz. Sabía que Marta iba seguir la conversación, o hasta que yo acepte, o hasta enojarse e irse. No pensé que estuviera tan angustiada. La miré mejor, y de pronto se me hizo diez años más vieja, las arrugas de la cara se le habían marcado mucho, y la piel parecía colgarle un poco. Marta era infeliz, ¿cómo no me había dado cuenta de eso antes?

—Mirá, no sé si soy feliz o no, eso nunca se sabe, pero lo que sí sé es que un hijo nos va dar vuelta la casa. No voy a poder leer tranquilo, no voy a poder dormir bien, voy a estar todo el día cansado en el trabajo por la falta se sueño para después llegar y encontrarme con llantos y más llantos.
—¿Te escuchás Antonio? ¡Sos el colmo del egoísmo!
—¿Pero no te parece peligroso a nuestra edad? Mirá si te pasa algo. Tenemos casi cuarenta años.
—El doctor me dijo que estoy en perfectas condiciones para tener un hijo, pero no va dar para mucho más tiempo. ¡El tiempo es ahora! Vivimos mucho, no nos falta nada, y sí, tenemos casi cuarenta, pero, ¡vos pareces de ochenta, dejaste de vivir hace mucho tiempo!

Como duele la verdad, ¿no?, más cuando tenés tus propias sospechas y la persona que amás te las confirma. Esos indicios de infelicidad que uno tapa y los da vuelta. Yo era el mejor para eso. Capaz no era feliz, pero, ¿un hijo era la solución?

—Bueno Marta, algo de razón tenés. Capaz necesitemos un cambio, ¿pero estás segura que un hijo es el cambio que querés tener?
—Hace diez años que estoy segura. No tengo sobrinos, mis hermanas nunca quisieron tener hijos, las reuniones familiares son muy tristes, ¡me siento una vieja Antonio!
—¡Pero tus hermanas son felices como están!
—¡Yo no soy mis hermanas Antonio! ¡Yo quiero tener un hijo! ¿No te gustaría tener a alguien quien enseñarle todas las cosas que aprendiste? Todas esas cosas que te pasás leyendo, tus experiencias de vida y conocimiento, ¡todo eso se va con vos cuando mueras!
—Si me muero ya está, voy a estar muerto, no tiene sentido pensar en eso.
—¡Antonio, el mundo sigue aunque vos estés muerto! ¡Por el amor de Dios no podés ser tan egocéntrico, sos terrible!
—¿Y un perro? ¿No querés tener un perro?
—¿¿Me estás jodiendo Antonio??

A veces me escucho a mí mismo y pienso que soy el tipo más boludo del mundo, y capaz lo sea. No tengo idea cómo hace Marta para aguantarme, pero creo que si seguía así, iba terminar muy mal. Me dejaría, y yo me iba voy a pudrir ahí en ese sillón con mis artículos sobre ciencia moderna. Tenía que haber algo más en la vida que eso, capaz yo no me daba cuenta, capaz un hijo me serviría para darme cuenta, después de todo Marta tenía razón, la vida sigue después que uno muere, pero no quería pensar en eso, qué horror. A alguien le tenía que dejar todo lo que sé, una parte de mí, supongo que es una forma de prolongar la vida.

—Bueno, pero dejemos algo bien claro, si sale varón se va llamar como yo, y si sale mujer: María Antonia.
—Eso lo vemos después Antonio. ¿Intentamos?
—¿Ahora? Espera un rato, ¿y si empezamos a partir de mañana? Tengo que terminar este artículo, ¿sabías que los gatos pueden vivir hasta veinticinco años?

7 comments

  1. Diosssssss!! quien es este Antonioooo!!! Haz reflejado de manera casi perfecta el comportamiento del 99.95% de los hombres cuando hay un tema importante que tratar al cual le han estado sacando el bulto por mucho rato. Felicitaciones!

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