Encuentros

Ella alimentaba a las palomas, y a su lado, Stefan, observaba pensativo. Las palomas se peleaban por agarrar las migajas de pan que les tiraba, se daban picotazos, volaban unas arriba de las otras y batían sus alas. Stefan no le encontraba sentido, y no pudo evitar preguntarle a su desconocida, compañera de banco:

—¿Por qué da de comer a las palomas, señorita?
—Porque tienen hambre, ¿no ve? —respondió.
—Sí, pero las palomas nunca se sacian, lo único que hace es fomentar su reproducción epidémica, además, yo no las veo muy contentas.
—Mire, señor, las palomas son animales como todos nosotros, y, sin embargo, a un niño muerto de hambre no se le negaría un poco de pan, ni pensar considerar nuestra reproducción una epidemia. —dijo la mujer.
—Tal vez. Pero no puede comparar una paloma con un ser humano…

La señorita se levantó, y se sentó a dos bancos de distancia de él.

Stefan ya estaba llegando a los cuarenta, de espalda ancha y nariz recta, tenía la cara afeitada y cejas gruesas que parecían pesarle. No comprendía el argumento de la señorita, se quedó pensativo mientras veía como las palomas también se mudaban de banco. La mujer, que bien podía tener treinta como cuarenta años, delgada y de manos delicadas como la de un pianista, sacaba el pan de una bolsita verde que llevaba en el regazo, y lo partía en raciones muy pequeñas. De vez en cuando, miraba de reojo a Stefan, que estaba sumido en la lectura de un libro.

Pasaba de página, pero en realidad no leía. Pensaba en qué podía decirle a la señorita. ¡Qué bella que era! Su rostro blanco, con los pómulos un poco salientes y labios como dibujados, tenía el pelo negro largo, que le caía a un costado. Aunque ahora estaba muy seria, capaz por la charla que tuvieron, era evidente su expresión forzada, eso la hacía aun más hermosa.

Cuando se le acabó el pan, las palomas empezaron a desesperar, hasta que decidieron irse a buscar otra alma caritativa. La señorita miró en dirección a Stefan, y él también la estaba mirando, los dos sonrieron, como si hubieran olvidado la no muy grata conversación. Cuando ella se disponía a irse, Stefan se acercó y dijo:

—Le invito un café, así me puede explicar bien su teoría acerca de las palomas.
La señorita, sorprendida, pero sin dejarlo notar, le dijo:
—No hay nada que explicar, pero un café no me vendría nada mal.

Caminaban por el paseo central del parque, los árboles cubrían casi el cielo. Se escuchaban las incesantes conversaciones entre los pájaros, y se sentía el aroma de los crisantemos y rosas que adornaban el sendero. En el centro del parque, donde se juntaban todos los caminos, había un café con mesitas redondas, rodeadas de hojas caídas y niños jugando. Se sentaron en la mesa del medio y ordenaron los dos lo mismo, un café largo, negro, con dos medialunas. Permanecieron un largo rato en silencio.

—Así que usted suele pasearse por la plaza —dijo la señorita tomando el café de a sorbos—, cuestionando a los demás sobre sus acciones.
—No… Supongo que fue una de mis malas ideas para comenzar una conversación. Pero preguntar sobre el clima me parece ya muy gastado.
—Hubiera sido mejor, ya que hace una temperatura ideal, ni frío ni calor, y el cielo hace tiempo no lo veo tan despejado. Después de muchos días de lluvia, el día de hoy es un alivio. —dijo la señorita.
—¿Es usted casada?
—Sí, aunque mi marido se encuentra en un viaje de negocios, como siempre.
—A mí me vendría bien hacer uno de esos, sólo que no tengo verdaderos motivos para salir. Trabajo en la radio acá a la vuelta —dijo Stefan.
—¿Y qué relata?
—Hablo sobre tendencias culturales, solo que como van las cosas, apuntamos hacia el exterminio intelectual. Tanta televisión con películas nimias, brutas, sin sentido, y programas que lo único que hacen es denigrar a la mujer, aunque a ellas no pareciera importarles, vendiendo su cuerpo, es más, con gusto lo hacen. A mi me parece algo nefasto, por algo no dispongo de un televisor en el departamento.
—Interesante, pero a la vez triste. Sin embargo, tiene usted toda la razón. Ni en el teatro ya dan obras dignas de ser vistas. —dijo la mujer.
—Sí, así que imagínese usted, me paso hablando de suicidios culturales. Tratando de hacer entrar en razón a la juventud. Por ese motivo, creo que los jefes ya están presionando para que me tome un descanso. Después de más de 15 años de carrera…
—¿Y usted? ¿Qué hace cuando el señor no está en casa?
—No mucho la verdad, alimento a las palomas —dijo la mujer con una débil sonrisa.
—¿Quiere venir a conocer mi departamento? Tengo unos buenos discos de Jazz.
—¡Pero qué propuesta más indigna! —dijo asombrada la señorita.
—Bueno como usted quiera. Ya es hora de irme, ha sido un placer… —dijo Stefan, apartando la mirada y llevando las manos a los bolsillos.
—¿Tiene algún disco de Ella Fitzgerald? —preguntó abruptamente la señorita.
—¡Por supuesto! Tengo un vinilo del ’67. ¡Exquisito! —dijo vuelto a la vida, Stefan.

El departamento era chico, de luz tenue y un solo dormitorio, la sala estaba abarrotada de libros, vinilos, y discos en todas las paredes, colgaban afiches de antiguas obras clásicas de teatro, y arriba del aparador: un gramófono encantador, olía a tabaco. Ella se sentó en el sillón, de dos plazas, directamente enfrente a una mesa baja de roble.

—Espere, lo tengo por aquí, déjeme buscarlo. Como vera, no soy muy organizado, después que uno desborda los espacios disponibles, se dificulta encontrar algo. ¡Aquí esta! Perdóneme, pero no le pregunté su nombre.
—Zinaída, ¿el suyo?
—Stefan, al parecer tenemos en común nuestra descendencia.
—Mire que coincidencia, son años que no vuelvo a Moscú.
—¡Yo menos! Solo nací ahí.

Mientras escuchaban en silencio, el concierto de Fitzgerald en Côte d’Azur, ambos tomaban vino, recostados en el sillón. Al terminar la botella sus hombros estaban muy juntos, se rozaban, y reían del gracioso sonido de las trompetas que sonaba por momentos.

Pasaron la noche juntos.

A la mañana siguiente, Zinaída se había marchado. Stefan se levantó, y encontró una nota en su mesa de luz que decía: «¡Debería avergonzarse de haber seducido a una mujer casada! ¡Esto no volverá a pasar nunca! ¡Ni se lo ocurra ir a espiarme al parque, ahí paso siempre mis sábados, a la tarde!»

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