Esferas de agua

Ella dibujaba espirales en la arena. Creía que si de alguna manera conseguía realizarlos a la perfección, algo mágico sucedería y su padre, volvería. Estaba segura que la forma de los caracoles y sus detallados dibujos, en la dura pero frágil coraza que los protegían, escondían algo. Confirmaba sus creencias cuando estos después de cierto tiempo, abandonaban sus pequeñas casas enigmáticas y las dejaban al alcance de sus manos para que ella pudiera leer sus mensajes ocultos. Los crustáceos camuflados en la arena le hacían sospechar con su comportamiento que fueran espías, controlando todos sus movimientos, pero a la vez guiándola en el buen trazar de los espirales.

Marina podía pasar tardes enteras en la playa. Cuando empezaba a caer la noche era tiempo de volver a su casa ya que tenía que preparar la cena a su madre, además, no le gustaba para nada quedarse sola, iluminada únicamente por la luz de la luna. A la noche pasaban cosas raras, los animales de la arena no eran los mismos, cambiaban por unos más grandes y feos, o por lo menos eso ella pensaba. El rugido de las olas junto con la brisa helada que aullaba sonidos fantasmagóricos, le daba escalofríos. Su hermana le había contado que el primo de su amiga una vez se adentró en el mar de la noche, y nunca más volvió. «Las olas y los monstruos del agua se lo llevaron», le dijo cuando ella tenía tan solo 4 años. Marina había cumplido once años, se consideraba una mujer grande, pero ese miedo infundido de chica parecía no desaparecer.

—¡Ya está la comida! —gritó Marina para que su hermana la escuchara.
Giannina salió del cuarto, agarró el plato mientras seguía hablando por teléfono, y volvió para encerrarse en la habitación. Parecía que el resto de la casa tenía un efecto tóxico para ella, no podía permanecer más de un tiempo afuera de su cuarto porque empezaba a sentir náuseas. Cuando tenía que salir, al colegio o con sus amigas, lo hacía corriendo y en puntas de pie. Marina estaba segura que algún tornillo le faltaba, era cosa de familia.

Su madre, Anahí, estaba sumida en una depresión que le carcomía el ánima. De ojos profundos y perdidos, cara inexpresiva, el color de sus ojos verdes se había tornado oscuro. No decía una sola palabra, solo apuntaba, como si los brazos le pesaran, con el dedo índice lo que quería. El pelo rubio se le había esclarecido con tonos grisáceos y su postura la hacía parecer de ochenta años, pero para eso aún le faltaban unos cuantos años. No comía sola, por eso Marina era la encargada de cocinar y darle de comer como un bebé, llevándole la comida a la boca. No tenía opción, si no lo hacía probablemente moriría de hambre, y Giannina parecía no darse cuenta todavía de la severidad de su estado. Así llevaba dos años.

Gregorio, su padre y renombrado oceanógrafo, había abandonado a su familia hace cuatro años. No fue su intención, en principio partió con un grupo de investigación para estudiar el cambio de las mareas, por consecuencia de la elevada temperatura atmosférica y los deshielos. El primer año telefoneaba seguido, una vez por semana, parecía muy consternado por los resultados que arrojaban sus investigaciones. Cada vez que hablaba con su familia les recalcaba la importancia de su trabajo, y de lo dependiente que era el planeta de sus teorías para contrarrestar el cambio de sentido de las mareas. Solía decir que los días para la raza humana estaban contados, y la catástrofe era inminente, pero él, iba encontrar una solución cueste lo que cueste. El segundo año ya solo recibieron sus llamados una vez cada dos meses y para el tercer año, se había olvidado completamente de su familia, totalmente absorto en su trabajo. Marina se dio cuenta que su papá ya no volvería cuando este olvidó de llamar por su cumpleaños. Marina lloró un mes entero. Anahí mantuvo la fe diciéndoles a sus hijas que ya iba volver. Cuando llegó al punto de no poder consolarse ni a ella misma, fue cuando decayó en una sumisa depresión de los sentidos.

Marina, de tez morena dorada por el sol y de cuerpo esbelto, pensaba que la respuesta se encontraba en la arena. Los cangrejos y caracoles así se lo habían contado, pero ella no comprendía la manera exacta de hacerlo. Los espirales en la arena estaban ya por tener una forma matemáticamente perfecta. Cuando lograra su objetivo estaba convencida que iba poder entender lo que los animales de la arena y el mar le habían contado. Ellos la iban llevar en el buen camino para poder corregir las mareas. De esa manera ella iba poder salvar su familia, que era lo que más le importaba. Aunque el contacto con su padre se había perdido del todo, si el problema se resolviese, el volvería a ellas, y su madre recobraría su vitalidad quebrantada.

Dio de almorzar a su madre, la acomodó en la silla mecedora, y sintonizó su estación favorita de radio que pasaba música barroca las veinticuatro horas del día. Marina se preparó para continuar con su tarea diaria, perfeccionar su técnica para dibujar espirales con el mayor grado de excelencia posible en la arena. Había abandonado el colegio hace un tiempo para dedicar el mayor tiempo posible a eso; a nadie pareció importarle. La primer parte de su tarea consistía en agarrar todos los caracoles, sus corazas abandonadas, para estudiar el diseño de sus dibujos. Algunos tenían forma circular, otros alargadas y cónicas, y algunos pocos con forma de corazón. Sin importar la forma que tuviesen, los dibujos tallados en sus escudos tenían diseños muy similares. Empezaban en el borde con líneas grandes y separadas y a medida que se curvaban hacia el centro, se hacían finitas formando un espiral tan pequeño que a simple vista era imposible asimilar algún secreto. Parecía que en el medio donde terminaban los espirales, se escondían diminutos portales hacia otras galaxias.

Luego de haber estudiado minuciosamente las figuras de los caracoles, se disponía a dibujar los espirales. Con un lápiz a medio usar que perteneció a su padre trazaba los espirales, digna de una paciencia infinita, se tomaba su tiempo. Tardaba aproximadamente veinte minutos en esculpir en la arena un espiral de un metro de diámetro. Tras haber dibujado veinte espirales de trazos calculados de diferentes tamaños, empezó a caer la noche. Ya era hora de volver, salió corriendo para que no la alcance la oscuridad, y fue a su casa que quedaba a unos pocos pasos de distancia de la orilla. Esa noche se sintió muy cansada, demasiado, se había esforzado como nunca. Rápidamente cocinó una sopa de cabellos de ángel y alimentó a su madre. A Giannina se la escuchaba compenetrada en una conversación eufórica por teléfono desde el comedor; no tuvo ganas de llamarla, le dejó en la cocina su plato para que comiera cuando quisiese. Acostó a la madre en su habitación, y se echó a dormir.

Al día siguiente Marina volvió a la playa, la mayoría de los espirales que había dibujado el día anterior, se habían borrado por el viento arrollador de la noche. Acostumbrada a eso, Marina lo tomaba como una señal de que no lo estaba haciendo bien, por eso la madre naturaleza se encargaba de borrárselos para que pudiese volver a empezar.

Así pasaron los días y se cumplieron cinco años de la partida de su padre. Era día de luna llena y se respiraba un aire especial, el rugido de las olas sonaba como un aullar grave y constante. Marina sentía una conexión especial con el océano y su comportamiento, era el culpable de haberse llevado a su padre. Armándose de un valor renovado por su templanza infinita, dibujó los espirales.

—Están mal —dijo alguien a sus espaldas con voz tranquila.
A Marina lo dio un escalofrío que le recorrió toda la columna y sintió mucho frío.
—No tengas miedo —dijo—. Vengo para ayudarte.
Marina se dio vuelta y vio un niño de aproximadamente cinco años parado junto a ella. Llevaba el torso desnudo y estaba descalzo. Tenía la piel blanca como si el sol nunca lo hubiera tocado, y ojos azules como el mar profundo.
—¿Qué están mal? —le preguntó Marina.
—Los espirales, están mal.
—Sé que están mal, no consigo dibujarlos bien. —le confió Marina.
—Te puedo ayudar —dijo el niño.
—¿Quién eres? —le preguntó Marina intrigada.
—Abzu.
—¿Abzu? Qué nombre más raro —dijo Marina seriamente.

Abzu raras veces aparecía en la luz del día, por las noches, se pasaba observando los espirales dibujados, desde un plano invisible. Estaba esperando el momento justo para ayudarla. No podía hacerlo en cualquier momento, de él no dependía eso, Abzu tenía la habilidad de conversar con el océano, entender su ecosistema y escuchar sus dolores y plegarias. Marina era clave para calmar sus corrientes alternadas, solo necesitaba alguien que la guiara correctamente en su labor.

Ese día los grandes océanos del mundo le habían transmitido a Abzu que era el momento, era tiempo de actuar. Si fallaba en su mandato tendrían que esperar doscientos años, y la raza humana ya estaría extinta para ese entonces.

—Presta atención —Le dijo Abzu a Marina—. Los espirales, dibujados de cierta manera en la arena, pueden causar esferas de agua en el corazón del océano, y con la fuerza de su rotación, son capaces de corregir el flujo de las mareas. Tus espirales son perfectos, pero la herramienta que usas para hacerlos es la incorrecta. Los animales de la arena te lo estaban tratando de decir, ellos fueron los que me avisaron de tu presencia y error.
—¡Sabía que algo me estaban queriendo decir! —dijo Marina emocionada—. ¿Con herramienta te refieres a este lápiz? Era de mi papá, fue el último que usó antes de partir.
—Sí —respondió Abzu—. Pero te olvidas que lo más precioso que tienes de tu padre no es un objeto. Lo más importante que tienes de tu papá, lo llevas adentro tuyo.
—Adentro mío —susurró Marina.
—Todos llevamos partes de nuestros ancestros dentro de nosotros. Conocimiento pasado transmitido genéticamente, de generación en generación, que se remonta hasta los comienzos de la vida en la tierra. Se puede decir con certeza que todos somos parientes de cada ser vivo del planeta en cierto grado. —dijo Abzu con voz serena.
—Sabes mucho para ser solo un niño.
—No soy un niño, tengo tres mil ciento cuarenta y cinco años.

Marina pensó que capaz era mejor no hacer más preguntas. «Debe estar loco, como toda mi familia», pensó Marina. De todas maneras estaba ansiosa en que la ayude con sus espirales.

—Bueno. ¿Qué herramienta tengo que usar entonces?
—Tus manos —respondió Abzu—. Específicamente el dedo índice. Intenta hacer un espiral usándolo, de la misma forma de siempre. Pero no falles, de ti depende nuestro futuro.

Marina sintió que era mucho para ella. Abzu habló tan seguro de sus palabras, que confió en todo lo que dijo. Sabía que si cumplía, lo que más esperaba iba suceder, esa magia que tanto tiempo buscó, iba florecer de alguna manera u otra. Sostuvo el dedo índice en el aire y ocultó los demás dedos, le temblaba la mano. De repente sintió que Abzu le tomaba la mano que tenía libre, la calidez de su tacto reconfortó sus inseguridades. Sin darse cuenta, en lo que pareció ser una fracción de segundo, había terminado de dibujar el espiral. Era perfecto, hermoso, sobrehumano, parecía dibujado por el artista más experto del mundo. Como si en su dedo índice se hubiera concentrado la energía de todos sus antepasados, y lo hayan dibujado juntos, un espiral con forma de galaxia. Su centro no tenía fin. Marina se dio vuelta para compartir su alegría con Abzu, y este ya no estaba. Todavía sentía la calidez de su mano en la suya. Un estrepitoso rugido del mar anunció el cambio. El viento cambió de sentido y le despeinó su pelo largo. La luna parecía brillar contenta. Marina estaba agotada pero sabía, que ese espiral era el último que iba tener que hacer en su vida. Si bien ya era de noche, no tuvo miedo, volvió a su casa, alimentó a su madre, la acostó y fue a su cuarto a dormir, casi de manera automática.

Al día siguiente Marina se levantó al alba. Se cepilló los dientes y se dirigió al cuarto de su madre. No estaba. La cama estaba arreglada. Estaba segura de haberla acostado la noche anterior, fue al baño para ver si no se había accidentado. Tampoco estaba. Se desesperó y fue corriendo al cuarto de la hermana. Ella tampoco estaba. El mundo le pareció hundirse en un gran vacío sideral. En ese momento de incertidumbre, escuchó una voz tan viva y tan familiar que la hizo volver de golpe:

—¡Ya está el desayuno! —gritó Anahí para que su hija la escuchara.
—¡Dale hija que se enfrían las tostadas! —dijo Gregorio entusiasmado.

Marina pensó estar soñando.

Corrió lo más rápido que pudo al comedor para ver si era real y chocó con unos brazos que la agarraron tan fuerte, que la levantaron del suelo, dándole un abrazo como solo su padre sabía darle. Entre risas y lágrimas de alegría, Marina agradeció a Abzu en silencio, por haberlos reunido y seguramente de paso, haber salvado al mundo.

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