En el baile

Raúl era sin lugar a dudas, un tipo hábil con las palabras. Recuerdo esa noche que yo estaba con unas ganas de salir tremendas, ir al bar, y festejar mi ascenso. «Me encantaría Ricardito, pero estoy con una jaqueca de esas que te nublan la vista. No puedo ni caminar, ni bien me paro, ya comienza el mareo y me tengo que sentar para no vomitar. Hace mucho que no me venían estas migrañas, y justo hoy, me pasa. Perdón che, me hubiera encantado salir con vos a festejar», me dijo Raúl al teléfono, ¿Qué le podía decir? Después me enteré por una foto en Facebook de Laura, su mujer, que había salido el descarado, «Cenando con mi osito de peluche» titulaba, y los dos con una sonrisa boba. No era un mal amigo Raúl. Vaya uno a saber por qué decía esas mentiras innecesarias, sabiendo cómo era él, le creía de todas maneras porque siempre sus argumentos sonaban tan convincentes y reales. Sabía que sus intenciones no eran malas, simplemente era así. Había aprendido a quererlo, y llevábamos diez años de buenos amigos.

Con Laura salían ya hace como dos años y por lo que Raúl me contaba, era su pareja ideal. Gustaban de las mismas películas, ambos tenían una fascinación por la música de los ochentas, siempre salían a bailar a fiestas retro y me arrastraban para que yo también consiguiera pareja, ¡eran de insistentes! El brillo en los ojos de Laura cuando veía a Raúl, admiraba todo lo que él decía y siempre le daba la razón. Laura vivía pegado a él, como un moco, pero tierno.

Cuando vino esa noche a mi departamento para desahogarse, ni yo entendía que le pasaba. Que dice que no la quiero, que no esta segura de lo que él siente, que como puede ella estar segura si no se lo demuestra. Hasta a mí me había parecido todo muy melodramático. ¡Estaban tan bien! Cuando los veías juntos, desprendían un aura que solo podía contagiarle a uno optimismo. En cambio Raúl me salió con que ya no la aguantaba, que le iba decir para terminar. Le dije que lo pensara bien, que una pareja como Laura no se conseguía tan fácil. Pero cuando Raúl tenía algo en mente, no había nada que lo hiciera cambiar de opinión. Pero eso no fui muy insistente, solo iba lograr que me insultara y saliera con un portazo del departamento.

Al día siguiente Raúl me llamó para salir, quería ir al boliche, era noche de salsa. Cuando me lo encontré, me llamó mucho la atención, «que nochecita me espera», pensé. Llevaba puesto una camisa con palmeras y fondo amarillo abotonada por solo un botón, que se iba desprender al primer baile, unos pantalones verdes intensos, unos zapatos negros con taquito muy lustrados, y el pelo engominado. La última vez que lo había visto con tal facha, fue la noche que conoció a Laura.

—¡Qué look te mandaste che! —le dije efusivamente dándole un abrazo.
—Sí, estoy con todas las pilas puestas, hoy me como la pista —dijo Raúl emocionado, dando pequeños saltos para calentar las gambas.
—¿Y Laura? —pregunté sin poder contenerme.
—¿Quién es Laura? —respondió Raúl soltando una risa excesivamente burlona.

Me sentí un poco mal por ella, pero bueno, mi amigo era Raúl y tenía que apoyarlo por más infantiles que me parecieran sus acciones. Después de veinte minutos, ya estábamos los dos con un vaso largo de sex on the beach en las manos bailando al compás de «Procura», de Chichí Peralta, con una sonrisa que ya dolía y las piernas moviéndose descontroladamente de un lado a otro.

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