La búsqueda

La estrella cayó como un rayo cae del cielo. Nos miramos, y como si nos hubiéramos leído la mente, supimos cuál iba ser nuestro próximo juego. Teníamos que encontrarla.

—¡El que la encuentra primero, se queda con ella! —gritó Andrea, mientras salía corriendo para adentrarse en el bosque.
—¡Esperame! ¡Vamos juntos! —dije, pero ya era tarde. Andrea se iba perdiendo, como una serpiente, entre los densos árboles que lindaban la playa. Empecé a correr. La estrella había dejado señales de su caída en el cielo, un fino trazo de nube apuntaba que no debía estar lejos de donde estábamos nosotros.

Nunca habíamos ido al bosque, pero esa vez no dudamos. Los árboles retorcidos, con sus ramas indecisas, eran como guardianes de los secretos de la naturaleza, muy cerca unos de otros; era difícil correr en línea recta. Ya había perdido de vista a Andrea, cada día confirmaba más lo rápida que era, a pesar de su enfermedad de los huesos. Desde que la conozco tenía ese problema, su familia había buscado todo tratamiento posible, hasta con curanderos espirituales, pero nada. Andrea sufría, por las noches le costaba dormir, decía que era como si sus huesos quisieran escapar de su cuerpo.

Me dirigía hacia donde más o menos había caído la estrella. La tierra se encontraba cubierta de hojas grandes y secas, pequeñas ramas se esparcían por la superficie, más de una vez, me pincharon la planta descalza del pie. Ya no se olía la playa ni la brisa salina del mar, el bosque despedía un aroma a tierra mezclada con corteza de árbol. Me detuve por un momento, y ya no estuve seguro de estar siguiendo el camino correcto. Desde donde estaba no se veía el cielo, solo un follaje denso que apenas dejaba pasar finos hilos de luz. Parecía estar parado dentro de una telaraña lumínica.

—¡Andrea! ¡Andrea! ¿Dónde estás?
Mis palabras se esparcieron sin respuesta, solo el gélido murmullo de los árboles.
Seguí corriendo, cada vez más lento por el cansancio, hacia donde creía que podía estar la estrella caída. A lo lejos vi un claro. Me acerqué y pude ver con más precisión, me pareció ver a Andrea. Caminando despacio, me encontré al borde de un enorme círculo desierto de tierra ennegrecida, y en el medio…
—¡Andrea! Me ganaste, ¡como siempre! ¿Está ahí la estrella?
Andrea estaba agachada en el medio del círculo dándome la espalda, el pelo negro le caía recto hasta tocar la tierra. Me acerqué y le toqué el hombro.
—¿Andrea?
No me respondió. Rodeándola, me agaché para estar a su altura. Estaba observando sin apartar un segundo la vista, un pedazo de roca del tamaño de una naranja.
—¿Es esa la estrella?
—La estrella… la estrella me habló José… —dijo Andrea, despacio, con una vocecita apenas audible y aguda.
—¿Te habló? —dije, con notas de desconcierto.
De pronto, Andrea estiró el brazo y me agarró la mano con tal fuerza que hizo crujir mis huesos.
—¡Ay! ¡Me estás lastimando! ¡Soltame!
—Tocá la estrella José, tenés que tocarla para que funcione su magia…
—No quiero tocarla, ¡soltame!
Con mucho esfuerzo logré zafar mi mano de la suya. Andrea se paró, estaba pálida y tenía la mirada perdida. Esta no era Andrea, por lo menos la que yo conocía, nunca la había visto así. Dio dos pasos hacia atrás y me dijo, seria:
—No me dejás opción. Te doy cincos segundos para que corras.
—¿Qué? ¿Correr? Me estas asustando Andrea, no estás…
—¡Dos!
Andrea se agachó mientras arrastraba el pie derecho atrás dejando una huella profunda, cruzó los brazos detrás de la espalda y me miró fijo. Estaba hablando en serio, ya no era un juego. Empecé a correr. Me metí en el bosque sin saber para dónde ir, concentrándome en no chocar con los árboles, y tratando de ver cada vez que podía para atrás. Pisé una rama que se me quedó clavada. Pero no podía parar. Mi pie sangraba y yo luchaba contra mi cuerpo, anulando el dolor. Miré atrás, y de reojo, la vi. Andrea estaba inmóvil, pero cerca, cada vez más cerca, sin correr, se acercaba.
—¡Andrea! —jadeando—. ¡Por favor! ¡Te podes quedar con la estrella, yo no la quiero!
Seguí corriendo pero no parecía llegar nunca a la playa, ¡por Dios!, esos árboles todos iguales se extendían hasta donde me alcanzaba la vista, me estaba agotando. Ya no sentía las piernas, se movían solas, como si ellas tuvieran más miedo que yo, tenía la remera rasgada y marcas en el cuerpo por el azote constante de las ramas que no podía evitar.

Tropecé. Sentí el amargo sabor a tierra en la boca. Los oídos me zumbaban. Algo se asentó en mi espalda, aplastándome con fuerza. Escuché un susurro largo con forma de plegaria acariciando mi oído:
—José… la estrella me dijo la verdad y creo en su poder… y el dolor que me acompañó tantos años termina hoy, ahora, espero que puedas perdonarme —dijo Andrea mientras sus manos apretaban como una pinza mi torso y sentía una presión tan fuerte, que parecía estar haciendo añicos todos los huesos de mi cuerpo, desordenándome por dentro.

A lo lejos, una estela blanquecina, unía el cielo con la tierra.

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