Ignominia: caso número 3

Mi patrón había llegado borracho. Yo estaba en la cocina terminando de lavar los platos de la cena. Escuché la puerta y sus pasos torpes, su respiración pesada. Cerré la canilla, apagué la luz. Me fui rápido a mi cuarto y me acosté tratando de hacer el menor ruido posible. Recé para que no sea necesario hacerlo. Al rato escuché que tocó la puerta despacito, como si eso fuera señal de no estar buscando problemas. Esperó casi un minuto y tocó dos veces más la puerta, fuerte. Saqué con miedo el puñal que escondía debajo del colchón. Me temblaba la mano. «María», escuché. «¡¡María!!», gritó. Abrió la puerta y empezó a sacarse el cinturón. Antes que pudiera tirarse arriba mío me levanté y le clavé el cuchillo en las costillas, una vez, dos veces, y una vez más en la panza mientras lo miraba a los ojos, para que se acuerde bien de mí. Agarré las pocas cosas que tenía, limpié y guardé el puñal. Dejé al viejo tirado en el piso como si fuera basura, como me dejaba a mí cada vez que se pasaba con el trago. Apagué las luces de la casa y me fui sin mirar atrás, sin tener ni una pizca de remordimiento.

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