Una misión

Me asusté mucho cuando apareció ese bicho negro y me dijo: «Sé que estas confundido y no es la primera vez que pasa, pero tranquilo, todos fuimos alguien antes». No entendía como podían salir palabras de eso que era una enorme mandíbula triangular. Atrás de él, miles de otros bichos idénticos se movían todos muy ocupados como buscando algo.

—¿Dónde estoy? Me quiero ir a mi casa —dije.

—¡Estás en casa! A ver… —Se fijó en una libreta roja que tenía agarrada en una de sus muchas patas y dijo—: Te vamos a llamar Kanú ¿te gusta?

—¿Kanú? Pero si yo me llamo… esperá… me llamo…

—¡No importa! No te vas a poder acordar de tu viejo nombre por más que trates. ¡Vení! ¡Seguime! —Empezó a caminar y de pronto paró— ¡Ah! Por cierto, mi nombre es ¡Taruk!

Estaba en una cueva, con paredes de tierra roja llena de agujeros. Antes que Taruk se perdiese entre todos los demás bichos, empecé a seguirlo, era impresionante lo rápido que me movía, como si tuviese muchos pies. Se escuchaban muchas voces agudas alrededor mío, todas sonando al mismo tiempo, no entendía nada. También sentí un olor ácido como a pis de gato.

—Dale, Kanú, no te pierdas que tenemos que trabajar. Estamos buscando comida para que nuestros hermanos puedan crecer fuertes como nosotros. Para eso, tenemos que traer unas hojas bien verdes que hay en el jardín de adelante. Seguro habrás notado ese olor fuerte, bueno, ahí empieza el camino dejado por nuestros exploradores. Lo único que hay que hacer es seguirlo, ¡como todas las otras hormigas!

—¡¿Hormigas?! —dije y me quedé duro.

—¡Ja, ja, ja! ¡Muy gracioso Kanú! Vamos, ¡no hay tiempo que perder!

Me miré bien. Y era una hormiga. Negra. Con seis patitas finas pero durísimas, pinzas en la boca que servían para cortar y agarrar cosas, y unas antenas largas que me permitían sentir el más mínimo movimiento.

Nos metimos en la fila que se extendía hasta donde me alcanzaba la vista, y empezamos la travesía. Salimos de la cueva y nos metimos en un bosque, pero no había árboles, no como yo los conocía, estos eran planos y verdes con unos pelos blancos en sus costados que se movían como cuando te hacen cosquillas. Caminábamos por la tierra y por arriba de esas plantas, ¡me estaba divirtiendo muchísimo! Me sentía parte de una gran aventura, de algo mucho más que grande que yo, con Taruk adelante y todas las otras hormigas, ¡éramos una gran familia!

—¡Kanú! Cuidado que ahora dejamos el bosque y nos subimos a la gran piedra.

—¿Y qué tiene eso de peligroso, Taruk?

—Hay un niño que le gustar saltar y aterrizar sobre nuestros cuerpos.

Ni bien Taruk me dijo eso, escuché el primer ¡plof! Trepamos la piedra y todo se sacudía, como si estuviéramos en medio de un terremoto, pero nuestras patitas nos mantenían firmes y siempre avanzando. Nadie parecía tener miedo, pero yo sí. ¡Plof! Y ahí lo vi: era un nene, tan alto que no alcanzaba a ver más allá de sus pies enormes, tenía unas zapatillas negras con fuego pintado al costado. ¡Plof! sonaba cada vez que saltaba con fuerza sobre nuestras compañeras. A medida que seguíamos el camino tuvimos que pasar por arriba de varios de nuestros hermanos sin vida, como si fuera lo más normal. Era horrible: algunas hormigas todavía movían sus patitas rotas y otras tenían la cabeza separada de su cuerpo o la panza aplastada. Nada nos detenía.

—¡Dale que ya llegamos a la zona segura Kanú! —me dijo Taruk.

Nos pegamos a la pared del costado de la gran piedra, y seguimos y me temblaban las patas. Atrás, se seguían escuchando los gritos de socorro de nuestros hermanos caídos. Pero nosotros teníamos una misión, y para eso estábamos, había que seguir adelante, por el bien de nuestra familia.

Llegamos al fin donde estaba la planta especial que buscábamos. Cada uno agarró un trocito de hoja con la boca, y, media vuelta; había que volver a pasar por ese lugar tan peligroso. El niño malvado no se cansaba de saltar y saltar y a lo lejos se escuchaba… ¡Plof! Sonaba tan fuerte como una bomba explotando en un campo de batalla.

Empecé a sentir de nuevo las horribles vibraciones bajo mis pies. Nos acercábamos al epicentro.

—¡Kanú, vamos! ¡No falta nada para llegar a casa!

Primeros pasos en la gran piedra.

¡Plof!

Taruk reventado contra el piso.

¡Plof!

No sentía mis patas traseras.

¡Plof!

Y quería que todo termine.

¡Plof!

Se me nubló la vista.

¡Plof!

Me asusté mucho cuando apareció ese bicho con alas y me dijo: «Sé que estas confundido y no es la primera vez que pasa, pero tranquilo, todos fuimos alguien antes».

—A ver… ¿Cómo te vamos a llamar?

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