Lejos de casa

Por un momento olvidé lo que iba hacer al salir al infinito espacio. La vista deslumbrante del planeta que llamamos casa, me dejo atónito. Tan brillante, de colores serenos, aglomeraciones de ciudades brillantes, vastos océanos, ríos que parecían las propias arterias de la Tierra, y cordilleras que partían continentes enteros. Visto desde afuera de la estación, era distinto: de un lado la Tierra, del otro lado, un vacío sepulcral, rodeado de la inmensidad oscura del espacio. La llamada de Kustrov me alertó:

–¡Alej! ¡Te estas apartando mucho de la estación!

Por suerte seguía atado por el cordón umbilical a la estación. Utilicé los mandos que manejaban los propulsores de aire, y me acerqué despacio a donde estaba mi objetivo. Tenía que actualizar el programa del módulo XT-82, éste era el responsable del monitoreo y control de la presión de la atmosfera artificial de la estación. Una tarea cautelosa, estaba previsto que tardara cuatro horas en realizarla. Apoyé mis manos donde se encontraba el módulo, y fui sacando, uno a uno, los grandes tornillos que lo sujetaban. Saqué solo un poco el dispositivo para revelar el conector a mi computadora táctil, que llevaba sujeta a mi antebrazo izquierdo. Enchufé el sistema, y ahora solo había que esperar que el cambio de se efectúe, controlando que no surgiera ningún error. El más mínimo incidente podía matar a Kustrov, ya que la falta de una atmosfera amigable le haría hervir la sangre, la presión se encargaría que exploten sus pulmones, una muerte dolorosa en extremo: de adentro hacia fuera.

La vida en el espacio, puede convertir a una persona en una especie de autómata. Por más calculados que estén nuestros movimientos, nuestra rutina diaria de trabajo, comida, horas de sueño; un error, y ya seríamos historia. Allí arriba, nadie nos podría ayudar. Kustrov y yo éramos los únicos que no estaban en casa en ese momento. Apartados del mundo, orbitábamos nuestro entrañable planeta. La misma sensación siente uno cuando se encuentra de vacaciones por mucho tiempo, se extraña la calidez del hogar, de nuestra cama, nuestros seres queridos.

Desde el espacio, no se veían esos límites imaginarios que llamamos fronteras y dividen civilizaciones. En la tierra no nos permitimos circular con libertad, aunque sean sólo pasos que nos separen unos de otros; para hacerlo demandamos complicados trámites para identificarnos, como si no fuera suficiente prueba estar parado pisando el mismo pedazo de tierra, tenemos que justificar nuestra presencia, si nos oponemos, tenemos que atenernos a consecuencias insólitas, como la total exclusión social detrás de otras barreras y en ocasiones, la muerte. Desde acá arriba somos todos iguales. Pensar que en este preciso instante seguramente hay gente matándose entre ellos, inmersos en batallas totalmente egoístas y muy a menudo sin sentido, sin darse cuenta que en verdad compartimos el mismo espacio. Por diferencias ideológicas y condiciones geopolíticas, el ser humano mata a su par y no se contenta con eso, también desesperamos en eliminar toda especie que no sea de nuestra utilidad inmediata, siendo que ellos comparten también el mismo planeta, incluso antes que nosotros apareciéramos. Dotados de la conciencia y raciocinio, a diferencia de nuestros cohabitantes, solo supimos utilizarla en nuestra contra.

–Alej, necesito un reporte de la situación.
–La actualización está corriendo sin problemas, Kustrov, ¿cómo va allí todo?
–También sin problemas Alej. Seguí así, lo estás haciendo bien.

Era mi primera vez en la estación espacial internacional. Ya había hecho varias expediciones de reparos satelitales, pero nunca en la estación, y menos por un mes entero, donde cada día parecía un año. Kustrov ya llevaba cuatro viajes a la estación, lo que se considera mucho, casi un récord para un cosmonauta, pocos llegan a más de tres.

El sonido de mi propia respiración me daba sueño, mientras miraba sin tratar de pestañear un segundo en la pantalla, las barras que marcaban el progreso de la actualización, se movían espantosamente lento, hasta tuve la sensación que algunas retrocedían para luego avanzar nuevamente, jugando con mi temple.

–Kustrov, ¿me podes poner esa canción que me gusta tanto? La que me enseñaste la otra vez, la de la película, creo que se llamaba El danubio azul, estoy que me duermo.
–Claro Alej, lo que me pidas para mantenerte despierto y concentrado. Sonando la obra maestra de Johann Strauss en dos minutos, un minuto, treinta segundos…
–¡Ya la escucho Kustrov! ¡Qué placer! ¡Gracias!

Comenzó el lento inicio con el trémolo de las cuerdas y suaves trompetas. Me encantaba, y la actualización seguía, solo que ahora las pequeñas barras que mostraban el avance, parecían danzar al compás, era algo fascinante. El sonido dulce de la música, parecía transformar todo el entorno. El sueño se me había ido y dejé de sentir el olor de mi propia transpiración. Imaginé estar en un lujoso palacio de Venecia, bailando el vals con mi hermosa mujer. Ella vestía un elegante vestido blanco, y yo de frac. ¡Que felices estábamos! Siendo que yo nunca fui buen bailarín, llevaba un ritmo espléndido, parecíamos volar, dejando que la orquesta nos mueva, sobre el más fino mármol italiano. ¡Que elegancia! ¡Cuánto glamour! De pronto sentí una profunda desilusión, faltaban aún treinta días para ver a mi esposa.

–¿Cómo andan las cosas Alej? –dijo Kustrov, interrumpiendo mi fantasía. Miré la pantalla y me quedé helado.
–¡Kustrov! Hace una hora que no pasa de 40% la actualización.
–¡No puede ser! Esperemos un rato más, debería continuar, si no le tendremos que pedir a control de misión por un plan B.

El sonido de los violines, trompetas y violonchelo, ya me inquietaba en vez de calmarme.
–¡Kustrov! Parecer no haber ninguna indicación de que siga avanzando la actualización.

Silencio.

–¿Kustrov? ¿Estás ahí?
–Al… no… int… –Llegaban palabras partidas de Kustrov, seguido de unos sonidos electrónicos fuertes superpuestos, y luego otra vez silencio.
–¡Hay interferencia Kustrov! ¡No te entiendo!

Tenía que regresar. Y los violines sonaban. Tenia que cancelar la actualización, la haría en otro momento. Mientras me encontraba ajustando los grandes tornillos, sonaban las trompetas. ¡Por Dios! ¡Que música horrorosa! Me lancé lo más rápido que pude hacia la compuerta exterior de la estación. Con desesperación intenté abrirla. Estaba cerrada firme. Con las dos manos agarrando la manivela y los pies haciendo fuerza contra la compuerta, logré hacerla girar.

Entré y mientras esperaba que se nivele la presión de la recámara, sonaban los violines furiosos, que parecían hablar entre si, mandándose al diablo. Abrí la segunda compuerta y ahí estaba Kustrov, y el violonchelo hablaba gravemente. Kustrov flotaba, con las venas de la cara abiertas, cubierto en sangre, ojos salidos de sus órbitas, y las trompetas que silenciaban mi más amargo alarido.

2 comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s