Pormenores de ser invisible

Con mis cuatro patitas marrones me acerco a la cocina y me contengo las ganas de maullar, a veces se me escapa un «au» bien cortito sin querer y tengo que salir disparado para que no sospechen. Tengo hambre y están tardando mucho en hacer esos jugosos bifecitos a la plancha que tanto me gustan.

Al fin los humanos se sentaron a comer, aprovecho para saltar a la mesada y comer un pedazo de esa carne que huele tan bien. Antes que alguien vuelva a la cocina, y, se encuentre con un pedazo de bife suspendido en el aire que se hace cada vez más chiquito, salto y me voy al cuarto del señor de cara redonda y fofa. En cualquier momento, va venir a dormir la siesta. Espero que llegue hecho una bolita a los pies de la cama. Me gusta verlo dormir, puedo jugar con su bigote finito y curvo sin que se dé cuenta, al sentir mis golpecitos suaves mueve los labios y sonríe, eso me pone contentísimo. Después de un rato viene también a acostarse esa mujer flacucha malhumorada, a ella me gusta morderle fuerte el dedo gordo del pie, no la dejo dormir, pobrecita, pero a mí me divierte.

A veces quiero que puedan verme, así pueden acariciar mi lomo negro que es tan lindo; no me queda otra que conformarme con rozar las patas de los muebles y mimarme yo solo. Me voy a tener que ir, no puedo quedarme tanto tiempo porque me van a descubrir, las ganas de dormir arriba de la panzota del señor, que parece tan cómoda y calentita, son difíciles de aguantar.

Mientras voy caminando en dirección a la casa de al lado, pienso que voy a extrañar mucho a esos humanos y me inunda una profunda sensación de tristeza, trato de no pensarlo mucho. Espero que la siguiente casa sea también una que se cocine rico, pero que no viva mucha gente, en especial esos humanos que tienen más o menos mi tamaño, son con los que más me encariño porque puedo actuar normal, y no sospechan nada.

Un señor larguirucho de pelo largo (con el que voy a jugar cuando duerma), abre la puerta de la casa y entro rápidamente antes que la cierre, en mi nuevo hogar temporal. Por el olor me doy cuenta que acá también hacen esos bifecitos, escucho una risa aguda y divertida que viene de la cocina y no puedo evitar saltar, como un conejo, de tanta alegría.

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