El Templo Lumínico

Baruc se sumergió en la oscuridad para encontrar el cuarto sin sombra. El umbral del templo era una división entre dos mundos; de un lado la vida de nuestro sol y del otro, la muerte de una luz que no se atrevía a entrar.

Le habían advertido que los exploradores que se habían aventurado en las profundidades del Templo Lumínico, presentaban signos de demencia o no se los había vuelto a ver. Los sobrevivientes perdían la vista y no servían para nada más que para advertir a las personas de ir al cuarto sin sombra, aunque no podían encontrar las palabras para explicar lo que habían visto y luego dejaron de ver. Baruc no podía perder la oportunidad de tener esa experiencia. No creía que fueran del todo ciertas las advertencias, intuía que fingían, que era todo un acto cuidadosamente planeado para preservar la integridad del templo que ellos creían sagrado. Decidió arriesgarse, porque donde hay un secreto, hay una verdad.

Nuestro protagonista era algo bajo y esbelto, tenía una expresión pensativa que le hacía fruncir sus cejas gruesas de manera perpetua y unos ojos verdes que brillaban desafiantes, tenía la habilidad de poder ver más allá de las cosas, era un hombre de pocas palabras y sumamente metódico.

Baruc encendió la antorcha embebida en combustible que llevaba, e iluminó el espacio tras sus primeros pasos. No tuvo tiempo para ver. Un millar de murciélagos salió como una negra masa líquida del techo y atravesó el ambiente, sorteando a Baruc que no pudo evitar agacharse con la antorcha en alto. Recuperado, pero todavía con el eco de esos gritos estridentes que anunciaban su intrusión, se dispuso a examinar el lugar. Las paredes eran de piedra negra lisa, decoradas con un velo blanco de telarañas deshabitadas, el cuarto estaba vacío y costaba respirar por un olor ácido que parecía hincarse en la piel. La luz de la antorcha iluminaba los extraños diseños dejados por las arañas pero nada más, no había ninguna puerta ni espacio por donde pasar.

Baruc se encontraba en el medio del cuarto, tratando de descifrar lo que no pide ser descifrado, cuando de pronto, tuvo una sensación de ingravidez seguido de un súbito descenso. Se abrió una compuerta por donde cayó y aterrizó de golpe contra un piso acostumbrado al maltrato. Atónito y falto de aliento, Baruc agarró la antorcha que había soltado por el golpe y se preparó, por instinto, para defenderse contra algo que no había.

El cuarto era parecido al anterior. Baruc tuvo que asomarse a la pared para poder ver mejor. Acercando la luz cada vez más débil, recorrió las paredes, que ya no tenían telarañas pero sí las mismas piedras, e inspeccionó sus dimensiones. Descubrió cinco ángulos abiertos. Le pareció extraño que las piedras no tuvieran ningún corte, parecía como si todo hubiera sido creado a partir de una sola gran piedra, esculpida con una pericia sobrehumana. Examinó el piso en busca de alguna compuerta que pudiera sorprenderlo pero encontró algo distinto. Había un grabado de lo que parecía ser una sucesión de círculos concéntricos, eran nueve, se agachó y tocó el más chico con la palma de la mano. El piso empezó a desarmarse rápidamente bajo sus pies, y sin tener lugar donde aferrarse, Baruc cayó.

Su espalda fue lo primero que tocó el piso y le costó asimilar la situación. Tirado, se quedó viendo como en el techo, las figuras concéntricas, volvían a su posición original, dejándolo encerrado en aquel nuevo cuarto. Se cuestionó sobre los supuestos sobrevivientes del cuarto sin sombra, y supo que mentían. No había escapatoria de las profundidades del templo. Si existía un final, ya no quedaba otra que encontrarlo. Luego de haber estado sumido en sus pensamientos, ya había recobrado un poco de energía. Apenas pudo levantarse y se mantuvo encorvado por el dolor. La llama de la antorcha se apagaría en cualquier momento. Las piernas de Baruc flaqueaban, ya su curiosidad le estaba jugando en contra. Siguió las paredes tocándolas con la mano derecha y se dio cuenta que éste cuarto era hexagonal. En el centro del piso solo había una pequeña ranura. Baruc, decidido a llegar hasta donde sea necesario, acercó la antorcha y de un solo movimiento, la encastró, parecía estar diseñada para ese fin. Esperando una nueva caída, se agarró firme a la antorcha clavada y se puso cuerpo a tierra. No pasaba nada. De repente el aire se fue poniendo cada vez más denso y le costó respirar. La llama cesó. Baruc cayó.

Cuando pudo abrir los ojos Baruc pensó haber muerto. Giró la cabeza pegada al piso y apoyando la mejilla, sintió la superficie pegajosa. Envuelto en la oscuridad y total silencio, solo le quedaban por confiar algunos de sus sentidos. Había olor a sacrificio, eso pegajoso era sin dudas sangre que no terminó de secarse por la humedad. Intentó levantarse pero no pudo moverse, cerró los ojos y escuchó su corazón latir cada vez más pausado. Se estaba entregando al destino cuando dejó de sentir la superficie.

Baruc bajaba en picada como una roca tirada al vacío. En el descenso inagotable, la sensación de caída perdió efecto y Baruc sintió la pérdida total de gravedad. Una repentina plenitud sensorial le inundó el cuerpo y fue un bálsamo para sus heridas. Sintió como el alma se le desprendía del cuerpo y en la esfera de un nuevo sentido antes dormido, no necesitó abrir los ojos para ver. En el cuarto sin sombra del Templo Lumínico, Baruc vio como salía del vientre de su madre cubierto en sangre, vio la fuente del parque donde jugaba con sus hermanos, vio el libro de historia que le regaló su tío cuando era solo un niño, vio a su madre dándole un beso tembloroso antes de partir en su primer aventura, vio los ojos de su amada conteniéndose el llanto cada vez que se iba, vio a su padre en el lecho de muerte sosteniéndole la mano mientras le imploraba perseguir sus sueños, vio su primer artefacto encontrado en las ruinas de Pursan, vio a su profesor de universidad otorgándole un diploma por sus hallazgos, vio más allá del horizonte y pudo ver los cuerpos celestes como un todo, vio que la luz al final del camino, era en verdad el principio del infinito y supo haber alcanzado eso que los seres vivientes tanto anhelan; la vida eterna.

2 comments

  1. Al final el templo te mata!!

    Correccion:

    “Tirado se quedó viendo como en el techo, las figuras concéntricas, volvían a su posición original dejándolo encerrado en aquel nuevo cuarto.”

    Debería ser:

    “Tirado se quedó viendo cómo,en el techo, las figuras concéntricas volvían a su posición original, dejándolo encerrado en aquel nuevo cuarto.”

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