Pupa

Recuerdo esa día que Pupa, nuestra perra, se escapó de casa. Mi papá le había pegado fuerte en la cola, con la palma de la mano. Esa tarde yo me encontraba leyendo historietas tirado en el sillón, no me había dado cuenta lo que había hecho Pupa, ni sentí el olor ácido a pis que había. Mi padre dio un grito fuerte y con la cara roja del enojo, la golpeó, y le señaló la mancha de orina que había dejado en la alfombra. Todavía me acuerdo el llanto agudo de Pupa y cómo por el resto del día, le costó caminar. No pude evitar llorar y el inmenso dolor que sentí, como si fuera yo el que recibí el golpazo. Pupa no solía hacer eso, era una perra educada, pero ese día habíamos olvidado de sacarla a pasear, momento que ella aprovechaba para hacer sus necesidades.

Pupa era toda negra con manchitas blancas y regordeta, no me llegaba ni a las rodillas. Llegar del colegio y que viniera a saludarme, saltando con sus dos patitas, tratando de alcanzar mi cara para lamerla, me causaba una inmensa alegría.

La había encontrado hace dos años, solía mendigar trozos de pan afuera de un bar, no pude evitar un día alzarla, y llevarla a casa. Después de haberle rogado, llorando y pataleando por horas a mi papá, dejó quedármela.

Yo tenía 8 años, hijo único, y antes de que viniera Pupa, mi vida era bastante triste. Me pasaba las tardes mirando en el televisor programas que no entendía. A mi papá le gustaban las películas extrañas y en blanco y negro, hablaban un idioma que no era el español. Mi madre se había marchado de casa cuando yo era aun más chico, era actriz y se fue a buscar fama y gloria, a los Estados Unidos.

Cuando Pupa estaba con nosotros, yo me pasaba la tarde correteando por la casa, jugando que ella me perseguía, lanzándole la pelota, y revolcándonos en la alfombra. También hacía como si fuera un perrito, me ponía en mis cuatro, movía la cola y nos lamíamos la cara, entre risas. Solía enseñarle trucos, le decía ¡Al suelo! y ella se quedaba echada quieta, obediente. Luego nos quedábamos abrazados en el piso. Era el hermano que nunca tuve.

Cuando se marchó y volví a mi vida de antes, de tardes aburridas con un padre indiferente, por las noches lloraba y soñaba que Pupa dormía a mi lado. Lo culpaba a él, seguro ese golpazo hizo que se acordara de su vida pasada, cuando solía esperar las sobras del día afuera del bar y los borrachos le pegaban sin motivo por más que diversión. Por eso se escapó. Ella no había tenido la culpa, lo que le hizo mi papá fue injusto.

Habían pasado 2 meses de su ausencia. Una tarde a la salida del colegio, decidí quedarme jugando en la plaza con mis amigos. A mi papá no le importaba si llegaba tarde, a veces, ni me saludaba al entrar. Mientras pateábamos la pelota, sin querer le había dado fuerte con el dedo chiquito y salió chanfleada, fue a parar al jardín de la casa pegada al parque. Me obligaron a que buscara yo la pelota. Toqué el timbre y esperé que atendieran.
–Hola señora, se me cayó la pelota en su jardín.
–Bueno, voy a ver si la encuentro. –me dijo, dejando la puerta abierta.
Mientras esperaba escuché que alguien corría dentro, y luego el rápido sonido de uñas contra el piso y un ladrido. «Ese ladrido es muy parecido al de Pupa» pensé y seguí escuchando.
–¡Pupa! –grité probando suerte– ¡Pupa!
Los ruidos habían parado. Comenzaron otra vez, y de repente se escuchó un fuerte aullido seguido de un más fuerte ladrido. Entré a la casa, ¡Era Pupa! La agarré fuerte con los brazos y, mientras ella me lamía la cara, vi a un niño parado detrás.
–Ese es mi perro, ¡dámelo! –dijo el niño.
–¡Nunca! –dije.

Salí corriendo lo más rápido que pude mientras escuchaba: «¡Mamá! ¡Ese niño se esta llevando a Canicas!» Seguí corriendo con el corazón, que nunca lo había sentido latir tan fuerte, y una sonrisa de oreja a oreja.

Llegué a casa, abrí la puerta y la cerré de un portazo. Cuando mi papá nos vio, se levantó del sillón y vino corriendo mientras repetía: «¡Es Pupa!» y nos abrazó a los dos. Los tres estábamos tirados en el piso cuando mi papá dijo: «Prometo nunca más pegarte Pupa, ¡perdóname!» mientras Pupa nos lamía las lágrimas dejándonos totalmente empapados; empadados de felicidad.

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