Odisea

El aparatoso centro comercial de aquella ciudad de aquel país, se convirtió en mi laberinto pero a la vez, una aventura. Cabe aclarar primero que me encontraba entre gente que no hablaba mi mismo idioma y que yo tenía unos 6 o 7 años.

El shopping consistía de 4 grandes bloques, cada uno con una estructura y temática distinta. Estaba rodeado, según recuerdo, de una playa de estacionamiento tan grande que se podían tardar horas en llegar caminando a una de sus entradas; pero como vos y yo sabemos, el tiempo para un niño pasa mucho más lento que para los adultos.

Al entrar, había una gentil dama, de piel oscura y dimensiones esféricas, que entregaba mapas a modo de no perderse, y también para encontrar las tiendas favoritas de uno. Claro que yo siendo un niño, no recibí el mapa, fue mi papa el que lo agarró para luego hacerlo un bollito. ¿Qué hombre digno de su masculinidad necesita un mapa para orientarse?

El bloque donde ingresamos, el del medio, aparentaba ser una selva pero con olor a plástico. Había palmeras con monos colgando fumando cigarros, jirafas sonrientes con lentes de sol, y también un hipopótamo parado en sus patas traseras tomando algún trago tropical. Lo encontré extraño ya que en mis libros sobre la naturaleza, ninguno de éstos hacían esas cosas. De todas maneras mis padres lo encontraron gracioso y me pidieron que pose con el hipopótamo, “Hace como un mono para la foto” me dijeron. Lo hice con gusto, llevándome las manos a las axilas e inflando los cachetes.

Mi mama y hermana se habían separados de nosotros para perderse en esos laberintos de vestidos, polleras y accesorios. Mi papa y yo fuimos para el otro lado, a ver cosas de hombres. Recuerdo estar en una enorme tienda deportiva, mi padre observaba con detenimiento uno de los miles de palos de golf colgados en la pared, examinándolo como si se tratara de un artefacto místico. Mientras, yo me distraje en la zona de pelotas de fútbol, que era el único deporte que me interesaba en esa época, ahora ya no me causa interés ninguno. Agarraba las pelotas y las hacía picar fuerte contra el piso, para ver cual rebotaba más alto, como si de eso dependiera su calidad. Después de una hora de hacer eso (5 minutos), fui con una de las pelotas para mostrársela a mi papa. Para mi asombro él ya no estaba ahí.

Lo busqué entre los distintos pasillos, para mi infinitos, pero no estaba en ninguno de ellos. “Bueno capaz se fue a otra tienda” pensé. Salí de la tienda deportiva y miré hacia ambos lados, no lo veía. Entonces decidí ir a buscarlo.

De pronto, sin saberlo, me encontraba en otro bloque del centro comercial. Éste estaba lleno de arena por todas partes, camellos con pipas y pirámides egipcias. ¡Fascinante! Me quedé largo rato admirando la decoración, tocando el suave pelaje de los animales, cuando me acordé que tenía que seguir buscando a mi padre. Lo busqué horas y horas sin éxito. Recuerdo haber llorado, recuerdo que una señora de uniforme se acercó y me preguntó: “¿Are you lost darling?” A lo que yo sin haber entendido una palabra respondí, como pensando en voz alta: “No encuentro a mi papa”. La amable señorita me tomó de la mano y me llevó a la entrada del bloque, junto a una larga fila de carritos de supermercado y me dijo: “Wait here, ¿okay?”. Ni bien la perdí de vista, me puse a caminar por las veredas que bordeaban los bloques hasta que encontré uno que llamó mi atención.

Habían dos payasos de pelo rojo largo y puntiagudas botas, me ofrecieron un globo también rojo haciendo saltitos. Lo que ellos no sabían es que yo les tenía pavor a los payasos, siempre me parecieron horrendos y para nada graciosos. De modo que apresuré a entrar al bloque desconocido rechazando el globo.

Era un parque con montañas rusas, calesitas, golosinas de plástico, gatos y perros gigantes, y juegos de video. A mi me encantaba jugar en casa a la Super Nintendo, y cuando vi esas pantallas con sus botones y palancas de colores fui corriendo. Pretendí jugar largo rato ya que para jugar de verdad, había que comprar fichas y yo, no tenía plata. Me acercaba a los demás niños que tenían y agarraba el segundo mando, seguro les parecía molesto ya que intentaban sin éxito apartarme con las manos. A mi no me importaba, yo la estaba pasando genial, me pasé jugando horas y horas hasta que alguien me agarró de atrás el hombro derecho.

–¡Pablo! ¿Dónde estabas? ¡Te estamos buscando hace horas! –dijo mi madre acompañada también de mi padre y hermana. Todos con la cara fruncida del enojo.
–Acá mami, ¡jugando con mis amigos!
–¡De ahora en más, no te soltas de nosotros un segundo! –dijo mi papá. Siendo que él había sido el culpable de perderme. Me agarró de la mano fuerte y fuimos caminando directo al auto.

La siguiente visita a un centro comercial de similares características, fue un eterno aburrimiento, toda una carrera de resistencia. Aprendí que perderse de vez en cuando, puede llegar a ser muy divertido.

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