Fugaz impulso

Decidió comprar la heladera. Solo necesitó 2 minutos para decidirse. Fue amor a primera vista. Mientras hacia presión con el dedo a punto de hacer click pensó: “No debería, ya tengo una que funciona bien. Aunque ya tiene sus años, voy a necesitar una de todas maneras en el futuro. Encima ésta tiene la función de fabricar hielo que tanto me gusta. Igual no debería hacerlo todavía.” ¡Click! ¡Gracias por su compra!. El remordimiento la atacó inmediatamente. Para sacar ese sentimiento agrio fue al lavabo, limpió sus manos arduamente y salió a dar un paseo.

Estela, hija única, tenia 27 años y vivía en un departamento chico de un dormitorio. Abarrotado de cosas tenía, dos sillones de cuero marrón, una mesita ratona de vidrio que abarcaba tanto espacio, que apenas uno tenia lugar para pasar caminando entre el sillón y el televisor plasma de 52 pulgadas. La mesa cuadrada del comedor y sus sillas tocaban con el respaldo del sillón. Con 27 cuadros tamaño medio colgados en la pared no quedaba ni un solo espacio de pared libre, parecía una galería de arte con sus cuadros mal dispuestos. Le gustaban mucho los cuadros de mar y playas lejanas. Todos eran similares pero distintos a sus ojos. En su pequeño deposito se apilaban objetos que no podía poner en ningún lugar por la falta de espacio. Cosas empaquetadas, nuevas sin usar.

Estela no trabajaba y tampoco tenia interés de hacerlo. Hace 2 años sus padres habían fallecido en un tonto accidente automovilístico, dejándole una jugosa herencia. En ese entonces, vivía con ellos y apenas le alcanzaba para darse uno o dos lujos por mes. La situación cambió mucho y para llenar ese enorme vacío que dejaron sus padres, vivía una vida totalmente material. Creía que de esa manera capaz la sacaría de la soledad, los objetos que compraba la hacían feliz, o por lo menos eso ella pensaba. El descubrimiento de la tienda virtual Amazon era lo mejor que le había pasado en los últimos tiempos. No necesitaba ni salir del departamento, tenía todo lo que quería a un click de distancia.

Estela sabía muy bien que su fortuna no iba durar para siempre. En algún momento ella iba tener que salir a buscar trabajo, a pesar de no tener formación académica profesional. A medida que su fortuna decrecía, la deuda de la tarjeta de crédito aumentaba.

En dos años Estela se compró un departamento, dos heladeras, dos cocinas eléctricas, dos sillones, la mesa ratona, el televisor, cuarenta y siete cuadros de costas paradisiacas, la mesa de comedor con 4 sillas, una cama matrimonial king size, otro televisor de 39 pulgadas, cuarenta y dos objetos misceláneos decorativos, tres alfombras persas, doce objetos de higiene personal y dos mil novecientas cuarenta y dos pizzas grandes de mozzarella con jamón. Los veinte kilos de más no habían venido solos. Se atiborraba de pizzas en sus momentos depresivos hasta el punto de causarle vómito. Estela, antes de cuerpo esbelto y atlético, se había convertido en una gordita petacona.

Estela se acostaba en el sillón todos los días a las dos de la tarde y pensaba: “Tengo que parar con las compras, en vez de felicidad me están trayendo mi desgracia”. Se levantó y dos minutos después ya había ordenado un mini componente, uno que permitía conectarse a internet y reproducir directamente desde ahí en streaming. Situaciones como ésta pasaban a diario en la vida de la fugaz Estela. Se encontraba envuelta en un círculo vicioso, donde las acumulaciones crecían a la par de su angustia.

Pasaron dos años y ochocientos treinta compras. En el departamento no se podía caminar sin tener que desplazar las cosas con las manos, y hacer lugar a los pies para que pudieran dar un solo paso. El balance profundamente negativo de su cuenta bancaria la atormentaba de noche. Tenía pesadillas horribles en que los sillones, cuadros y televisores cobraban vida y la aplastaban contra el piso, momento en que despertaba súbitamente en llantos.

Estela encontró la única solución que vio posible a los treinta años. Saltó del balcón buscando la paz que su vida material no pudo darle, y con la esperanza que en el cielo, no existieran deudas, pero si hubiera la pizza de mozzarella con jamón más rica, que jamás haya probado en vida.

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