Edelmiro miró

Una imagen claramente definida se encontraba frente a Edelmiro. Una imagen dormida. Edelmiro observó con detenimiento pero no vio nada. Cada maltrato que dejó su marca, cada historia, no era un lugar muy agradable. La mente de Edelmiro estaba en viaje, se perdía entre los causales de los detalles, hasta que el dolor mudo provocado por estar en la misma posición mucho tiempo, lo velaba.

Edelmiro levantó su torso, antes pegado al piso, y se sentó sobre sus pies. Seguía mirando la misma imagen, como un cuadro que cambia de perspectiva pero en verdad es el mismo. Sentía su sangre pesada, el cambio de postura fue un renovar del flujo, poco a poco fue llegando a sus extremidades anteriormente dormidas. Ese cosquilleo para él, era la vida.

Cerrar los ojos no servía de nada, esa imagen estaba ahí, ya grabada. Definitivamente esa marca fue resultado de un ataque de ira. En ese lugar los ataques de ira eran bastante comunes. Un destello de energía y una acción. A él nada lo había impulsado hacer eso, pero estuvo obligado. Ya había pasado tanto tiempo, encontró la calma utilizando su propia imaginación. ¿Cual habrá sido el motivo que lo llevó hacer esa marca? Capaz la impotencia, ¿Algún acto injusto?, pensaba Edelmiro.

Realmente era una tortura, sobre todo el silencio. Era todo gris, en ese lugar no había colores. Podría haberlo pensado mejor, pero en ese momento Edelmiro no estaba pensando, no fue premeditado. Una única luz iluminaba el ambiente, un foco que irradiaba una luz blanca intensa, lejos del alcance de Edelmiro. ¿Será que este espacio lo construyeron simétrico a propósito? pensaba él, mientras reía tratando de no perder el quicio, en sus adentros.

Una puerta se abrió.
–Edelmiro –dijo el Inspector–, ¡Edelmiro!
–¿Dónde está el topacio?
–¿Dónde lo pusiste?
–¡Vas a tener que hablar!

Edelmiro prefería entregar su vida antes de decirles donde estaba el objeto mas preciado que pudo haberse encontrado. Estaba enamorado, y ese enamoramiento, esa pasión sin fundamentos racionales lo llevaron hacer lo que hizo. Todo empezó cuando le pidieron a Edelmiro algo relativamente simple pero a su vez, complicado para el ojo experto. Como el valor del topacio que le encargaron sumaba una cifra imposible de representar con dinero, no se podían arriesgar a exhibirlo en ningún museo, y mucho menos dejarlo en manos de una joyería. Ese topacio en particular era un símbolo preciado de la nación, estaba representado en lo mas alto del escudo patrio, y sucedió que luego de 200 años de considerarlo perdido, recientemente lo habían encontrado. Tenía un efecto especial en las personas, te cambiaba de cierto modo. Ese efecto hipnotizante solo era conocido en leyendas, mitos urbanos, ni el propio gobierno estaba seguro de tal efecto. Lo que sí sabían, era que el topacio de verdad había cambiado algún engranaje en Edelmiro, que por ahora no encontraba su lugar de origen. Aunque la excentricidad de Edelmiro era una de sus marcas registradas, en sus ojos se notaba un destello insano.

Como describir con palabras algo indescriptible. El topacio era una piedra preciosa que irradiaba perfección dorada intensa. Su aspecto inmejorable no fue tallado por ningún artesano ni era descendiente de alguna roca de mayor tamaño. Como si hubiera caído del espacio tal cual y como estaba, la atmósfera no había alterado su forma ni quemado su superficie, y definitivamente no podía ser calificado como un meteorito. Parecía concebida tal y como estaba, como si hubiera de la nada aparecido en la tierra. No se podía mirar directamente esta joya coniforme, su resplandor cegaba la vista, como mirar al sol directamente con los ojos, sin nada que los protegiese.

Edelmiro era el responsable de sacar una foto del topacio que represente su esencia. Mas fácil decir que hacer. Edelmiro era un fotógrafo reconocido mundialmente por sus abstracciones de origen, podía sacarle una foto a cualquier objeto de tal manera que pudieras ver sus entrañas, sin importar lo mundano del objeto en cuestión. Con solo ver una de sus fotografías uno podía determinar de donde venía, su composición material, su naturaleza inscripta y hasta podía sentir el aroma de la figura reflejada. Edelmiro era el fotógrafo, sin ningún lugar a dudas, mejor calificado para el trabajo requerido. Sus fotos cobraban vida y se convertían en una de esas imágenes que uno recuerda por el resto de la vida.

El topacio llegó a sus manos por una custodia de tres personas. Un psicólogo y dos expertos en artes marciales, de esos que no dudarían un segundo en actuar al menor indicio de sublevación. Edelmiro portaba una constitución no muy privilegiada, era tan flaco que sus huesos se notaban a simple vista. No comía mucho, su cuerpo no lo soportaba, comer más de una sola ración por día le causaba vomito, era un problema fisiológico. En conocimiento de este problema él era tan precavido que a veces se olvidaba de comer por días enteros, no llevaba la cuenta y no quería arriesgarse a devolver. No conocía el hambre, comía por comer. Una vez puesto el topacio en su lugar pidió a los custodios que lo esperaran en la recepción, porque su trabajo requería de mucha concentración, la presencia de otras personas corroían su temple. Edelmiro se encontró solo con el topacio, tratando de asimilar tal plenitud, no supo ni por donde empezar. Estaba fascinado de manera que pasó las primeras dos horas solo observando. Miró todos sus detalles y más adentro, sus capas, su sombra. Nunca antes había visto algo parecido, se sintió impotente en la forma de encarar un trabajo de tal magnitud.

El psicólogo tocó la puerta para ver que tal estaba yendo el trabajo, desde afuera no se había escuchado ni un solo ruido, sospechaba que algo hubiera pasado. Edelmiro no respondió a su cortés anuncio, entonces el psicólogo entró sin ser llamado al estudio.
–¿Todo bien Edelmiro? Fascinante el topacio, ¿no? –indagó el psicólogo.
Edelmiro ni se molestó en dirigirle la mirada, ésta se encontraba fija en el epicentro del magnífico topacio, navegando sus canales geométricamente perfectos.
La falta de respuesta de Edelmiro el psicólogo lo tomó como algo normal y comprensible, y volvió a la recepción. Él mismo la primera vez que lo vio se había quedado de la misma forma, era algo simplemente inaudito, irrepetible.
Sin siquiera haber situado la cámara en el trípode para cumplir su mandato, Edelmiro sabía que el topacio le tenía que pertenecer. “Llegó a mis manos por fuerza del destino” pensaba. Lo tenía que tener para él, y solo para él. Algo le decía que esta iba ser la única chance que iba tener en poseer algo tan valioso. Pasaron 2 horas más y el psicólogo inquieto volvió a entrar al estudio de forma abrupta. Los guardias permanecían parados en la recepción, como dos estatuas gigantes, firmes pero a la vez atentos.

Adentro el psicólogo se encontró con una imagen horrorosa. Edelmiro yacía tirado en el piso totalmente desnudo y con los ojos en blanco, parecía un cadáver que llevaba varias horas de muerto. El topacio ya no estaba, había desaparecido como si nada. Llamó a los guardias con un grito alarmante pero éstos no respondieron en absoluto a su llamado. Fue a la recepción y los guardias se encontraban en la misma posición que antes, duros. Ni si quiera pestañeaban, el psicólogo acerco su reloj instintivamente a las fosas nasales del primer guardia, de tal forma comprobar si respiraba, y el vidrio no se empañó. Estaban muertos y duros como una piedra. El psicólogo se preguntó si no se había quedado dormido en la espera y tal vez esto era un sueño, pero al morderse sin recelo el antebrazo sintió dolor, comprobó que todo esto era real. Quiso acostar a uno de los guardias para ser luego trasladado pero en el intento, la torre de dos metros cayó y rompió en mil pedazos, se había petrificado literalmente y partes de su cuerpo ahora estaban esparcidas por el piso. Horrorizado el psicólogo llamo a sus superiores y solicitó que vayan a socorrer la situación inmediatamente.

“¿Dónde está el topacio? ¿El topacio dónde está? ¿Dónde está el topacio?” resonaba continuamente en la cabeza de Edelmiro. Estuvo en aislamiento varios días, meses, años, Edelmiro había perdido noción del tiempo.

Una puerta se abrió.
El inspector se encontró con la misma celda cuadrada pero esta vez teñida en sangre con palabras. Edelmiro había arañado con tal fuerza las paredes que sus uñas había arrancado totalmente, y escribió con sus dedos ensangrentados; “Yo soy el topacio, el topacio soy yo, soy yo el topacio”. Escrito sin dejar ningún espacio libre. Edelmiro se había esfumado. El inspector entró a la celda e inspeccionó minuciosamente la inmundicia dejada, y encontró una sola cosa. Una foto. Una foto esperaba ser recogida en el piso de la celda. El inspector se agachó para agarrarla y verla más de cerca. La levantó y llevó hasta sus ojos, la foto era totalmente negra, de un negro tan negro que absorbía toda luz a su alrededor.

Una puerta se abrió.
Edelmiro entró para encontrarse con el Inspector totalmente inmóvil, petrificado, con la foto entre las manos, y el rostro desfigurado por una expresión atroz, como si hubiera visto su propia muerte. Edelmiro se acercó pausadamente al inspector, silencioso como una serpiente, y al oído susurró: “Yo soy uno; yo soy todos; yo soy el topacio”.

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