Desórbita luz

Era febrero, hacía frío y a Pedro se le congelaban los pies. La manta y él no llegaban a un acuerdo, si taparse bien la cabeza o dejarla que cubra sus pies dejando al descubierto algo tan suyo como su rostro. Pedro decía que simplemente no estaban hechos el uno para el otro, pero la pereza de ir hasta la tienda a comprar una nueva lo sobreponía y se encontraba con este dilema a diario.
Pedro tiró la manta al piso de un tirón y se levantó, ya eran las 11 de la mañana y el frío no parecía cesar por más fuerte que brillara el sol. Preparó un café y se empezó a vestir para hacer lo único que se le ocurría los domingos al despertarse, ir al cine. La función matinal tenía su encanto. Vivía en el quinto piso de un edificio de cinco pisos sin ascensor y con escaleras hechas por un arquitecto bastante descuidado, tenían distintas medidas lo cual dificultaba el ascenso y descenso por ellas si uno estaba muy apurado. Más veces de las que se anima contar, Pedro se terminó cayendo cuando dejaba que la emoción le gane a su equilibrio.
Abrió la grande y pesada puerta de madera del edificio y de lleno entró una ventisca que le hizo rechinar los dientes. Hoy era su día, hoy esperaba encontrarla. Se sentía confiado, esta vez sus palabras llegarían a destino y no quedarían atrapadas como recuerdo de su falta de valor. “Si tan sólo fuera sola, sería mucho mas fácil” pensó Pedro. Su problema era que Ainara siempre iba acompañada, o de una amiga o de su madre que para colmo él estaba seguro que ella sabía cada uno de sus planes con absoluto sosiego.

El cine del barrio quedaba sólo a cinco cuadras de su departamento y era el lugar preferido de Pedro, religiosamente todos los domingos asistía a la primera función. El conocía a todos y todos lo conocían a el, aunque solamente de aspecto, ya que las palabras que intercambiaba con los funcionarios solo consistían de nombres de películas, afirmaciones y números. Para Pedro “El Darilo” era el lugar mas cálido y acogedor del pueblo, con sus grandes y cómodas butacas color vino tinto añejo y cortinas que desprendían un aroma tan noble que el conjunto de las partes lo hacían sentir como en su propio hogar.
Como de costumbre llegó muy temprano. Aún faltaban veinte minutos para que empiece la función y él dudaba si debía volver al departamento o esperar pacientemente tomando la ventaja que Ainara todavía no había llegado, de esa manera él iba poder saludarla al llegar, como todo un caballero, o eso al menos él imaginaba.

Pedro estaba parado en la entrada, viendo los autos pasar, esperando la llegada de Ainara. Uno, dos, tres,… trece. Trece autos habían pasado y ya era hora de ingresar al Darilo. “¿Le habrá pasado algo?” pensó Pedro. Desolado entra y se sienta en la última fila al medio, estratégicamente ubicado para poder ver cuando entre Ainara a la sala. No se pudo concentrar, hasta olvidó qué película había ingresado a ver, sus pensamientos lo desbordaban y le nublaban la vista. Respiro profundo y vio ya más calmo cómo ingresaban en la penumbra las últimas personas a la sala. Ainara no había ido.
Ainara era muy fácil de reconocer, con la más mínima luz su rojizo pelo parecía brillar y se extendía lo suficiente como para cubrir toda su espalda. Tenía aproximadamente la misma edad que Pedro, y como él, los domingos de función matinal en El Darilo no podían faltar.

Ese segundo domingo de febrero no iba terminar siendo del todo muy normal. Pedro, desorbitado entre sus pensamientos, la banda sonora que lo envolvía de una película que iba tener que volver a ver y la incógnita luz que parecía cegar sus ojos, decidió tomar acción.
Pedro se levantó de su cómodo asiento, y como si hubieran pasado horas de que estuviera ahí sentado, le temblaron las piernas y sintió un cosquilleo. La película recién había empezado hace veinte minutos pero para él fueron horas, tenía que encontrar a Ainara. Estaba genuinamente preocupado por ella. Pide permiso y se desliza pasando de pierna en pierna hasta el pasillo.
—¿Por si acaso no viste entrar a Ainara? -pregunta Pedro a la cajera de la boletería.
—¿Ainara? ¿Quién es Ainara? -responde la cajera preocupada.
—Ainara, la chica de pelo rojo, la única chica pelirroja del pueblo -dice Pedro tratando a la cajera de tonta.
—Ahh, si, la pelirroja. ¿Qué pasa con ella? -responde la cajera.
—¿Usted me está escuchando? Si la vio entrar al cine le pregunté. -dice Pedro cada vez mas nervioso.
—Ahh sí, perdón, no la vi hoy.
Pedro sin volver a mencionar una palabra dio media vuelta y se retiró.
Esa había sido una de las conversaciones mas largas que Pedro tuvo con la cajera de la boletería en su vida, y no fue una muy grata.

A paso de hombre, Pedro se dirigió hacia su departamento tratando de consolarse a sí mismo.
—Tranquilo Pedro, tranquilo, seguro se pescó un resfrío y se quedó en casa a descansar -dice en voz alta mientras con una mano se agarra la otra con firmeza.
Cinco cuadras, había llegado a la puerta de su edificio y se disponía a entrar. Caminar con tal apuro pareció cansarlo, al parar sintió cómo se le regularizaba el pulso. Abrió la puerta y empezó la larga subida a hacia su departamento. Con desgano y la cabeza gacha, se apoyó contra la puerta de entrada del departamento, suspiró. Abrió los ojos y mirando al piso pareció ver algo, era un papel, sólo la puntita sobresalía por el marco de la puerta. Apurado agarra sus llaves y abre la puerta para poder agarrar el tan misterioso papel amarillo.
Pedro recogió el papel, lo acercó a su rostro y leyó pausadamente:
—El Darilo, segunda función.
Después de haber leído y repetido en voz alta las mismas palabras cinco veces se guarda el papel en el bolsillo. Pensó automáticamente en Ainara: ¿Habrá sido ella quien me dejó este mensaje?. La calma y desolación se transformaron en euforia y exaltación. Faltaba una hora para la segunda función, tenía tiempo de preparase para el encuentro.
Cerró la puerta atrás de él y fue directo a la ducha, giró la llave de agua caliente y mientras aguardaba que suba la temperatura se desvistió.
—¿Cómo puede ser que me haya dejado ese mensaje si ella no tiene acceso al edifico?, ¿La habrá dejado entrar alguien?, ¿Por qué la dejaron entrar?, ¿Será que tiene un conocido adentro?, ¿Tendrá una amiga que vive acá y aprovechó el momento?, ¿Cuáles son sus intenciones? -pensó Pedro sin encontrar respuesta a sus propias preguntas.
Cuando Pedro se dio cuenta de lo que estaba haciendo, el baño ya se encontraba cubierto de una densa niebla a causa de la elevada temperatura del agua. Reguló las llaves y se duchó rápidamente tratando de no pensar mucho.

Sin darse cuenta ya se acercaba la hora de la segunda función, aunque ya se había duchado, Pedro decidió ponerse la exacta misma ropa. Bajó cuidadosamente las escaleras y llegó a la puerta de entrada. La escena le pareció familiar.
—¿Qué estoy haciendo?, ¿Y si no es de Ainara la nota? Debo estar loco -pensó Pedro a dos cuadras de llegar a El Darilo.
—Vos otra vez, ¿Qué pasó? ¿Todavía no encontraste a tu Ainara? -dijo la cajera de la boletería con una sonrisa burlona.
—Una -respondió Pedro fríamente.
Mascando el chicle abiertamente que llevaba en la boca, la cajera abrió el cajón, agarró una entrada y la sostuvo frente a sus ojos.
—Suerte -le dijo, y se rió.
Pedro arrebató la entrada de sus firmes manos y se alejó mientras, a su espalda, la cajera lo miraba de pies a cabeza observando cada centímetro de su cuerpo con detenimiento.
Se sintió incomodo, estaba en el aire, como si fuera una fina y densa capa invisible de humo cargado de energías negativas. Pedro atravesó el umbral y se encontró con todas las luces apagadas.
—Pero si todavía no empezó la película, por que ya habrán apagado las luces… -pensó Pedro.
La total oscuridad de la sala no era un inconveniente para él, se la sabía de memoria. Parado aún, ve como de repente se disparó un sonido y se proyectó una imagen blanca en la pantalla.
—No hay nadie… -dijo Pedro con una voz apenas audible y ya empezaron a temblarle las manos.
Pedro avanzó unos pasos, giró a la izquierda y se metió en la última fila al medio como de costumbre. La luz blanca seguía proyectándose en la pantalla, a Pedro le pareció raro pero no le dio mucha importancia.
—Ya llegará -se dijo Pedro a sí mismo mientras se acomodaba.

Pasaron dos cuartos de hora y no hubo ni un sólo cambio, Ainara no llegaba y en la pantalla seguía proyectándose esa luz blanca tan intensa, el silencio parecía detener el tiempo.
—No puede ser, me debo estar volviendo loco -pensó Pedro paralizado por la situación en la que se encontraba.
—Yo me voy de acá -dijo Pedro en voz de alta mientras se levanta del asiento.
Mientras se encontraba transitando la vacía sala de cine, la luz del proyector se apagó, se encendió, se apagó otra vez y se volvió a encender. Escuchó un sonido fuerte de golpe de metal con metal. Se dio la vuelta por instinto y ahí estaba. A sólo unos cuantos centímetros de distancia de él. Ainara.
Pedro se quedó mudo, la mente se le queda totalmente en blanco y permanece inmóvil, hipnotizado por el color verde claro de sus ojos.
—Están arreglando el proyector -dijo Ainara a un estupefacto Pedro.
—Ah, con razón -dice Pedro-, con razón -dijo nuevamente mientras comienza a desvanecerse lentamente.

—¡Pedro!, ¡Pedro!, ¡Despertate!
Pedro abrió un ojo mientras tenía el otro todavía cerrado, vio luz, mucha luz y se escuchaba un tumulto de conversaciones mezcladas en el ambiente que pasaban rozando sus sentidos.
—Te quedaste dormido -dijo Ainara con una sonrisa.
—Perdón, no sé qué me pasó, me desmayé al parecer.
Soltando una risa tierna Ainara respondió:—Seguro que si.
—¿De repente vino tanta gente? -preguntó Pedro.
—Estuvieron acá desde que yo llegué al menos, ¿Estás bien Pedro?.
Atónito, Pedro pensó por unos segundos y respondió:—Sí, estoy bien, no es nada.
—¿Me acompañas hasta mi casa? -preguntó Ainara-, vine sola hoy, caminando, así que sería muy gentil de tu parte si me acompañaras.
—Sí, claro -respondió Pedro secamente.

Mientras ambos fueron saliendo del cine, uno detrás del otro, Pedro no podía parar de pensar, estaba confundido, tan confundido que ya había perdido la noción del tiempo.
—Hasta que me tuve que acercar yo finalmente -dijo Ainara sin medida.
A falta de respuesta Ainara insistió:—¡Pedro!, ¿Estas ahí?.
—¿Qué hora es? -preguntó Pedro mirando al frente evitando así el contacto con los ojos de ella.
—Son las doce. -dijo Ainara.
—Estoy bien -dijo él mientras parecía iluminársele el camino y la niebla desaparecía-, muy bien de hecho.

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