Simulacro de satisfacción

Después de subir la foto del café gourmet que encontró en internet, y, recibir a cambio una lluvia de corazones virtuales que la hicieron sonreír por un instante, Flavia siguió trabajando en la planilla de Excel que la mantendría ocupada hasta el mediodía.

Su vida nada de glamour tenía, pero su identidad en línea era digna de celebridad de Hollywood. Satisfacía los estándares de una sociedad obsesionada con realidades alternas. Flavia pasaba los días ideando y creando fotos perfectas, pasajera de una vida que no le pertenecía. Había gastado todos sus ahorros en el último iPhone. Estaba alimentando un monstruo, y ella sabía lo que hacía: un intercambio entre placer inmediato, y un vacío que la gente tras la pantalla suponía llenar con admiración exaltada. (más…)

Regreso de un suspiro

Querida mía,

Hoy hacen ya dos años de nuestro último beso. Una eternidad. La paz parece no llegar nunca.

Como todos los días, desperté imaginando una realidad distinta. Abrí los ojos y estabas al lado mío, durmiendo con tu sonrisa libre de culpa, y pude sentir la ternura de tus labios. El ruido de la sirena que no admite ensueños me hizo volver a tierra.

Estamos cada vez más cerca de tomar la frontera y tenemos un pronóstico favorable, pero en mi cabeza, la situación se entrelaza con lo incorpóreo. En pleno campo de batalla veo a mis compañeros desfigurados y enemigos que son en verdad civiles. Escucho disparos y explosiones provenientes de lugares equivocados. Están jugando conmigo, (más…)

Inercia exprés

Recostado en el sillón, Alfonso ordenó con su teléfono inteligente: una cápsula de vitalidad diez miligramos, una de ravioles de ricota con salsa blanca y otra de Coca-Cola.

Prendió el televisor.

Eran las dos de la tarde y recién se había levantado. «Qué suerte, me levanté justo para ver la nueva temporada de Desatemos el nudo», pensó. Tuvo que hacer un esfuerzo y estirar su brazo derecho, que brillaba por un sudor perpetuo, para alcanzar la bandeja donde eran depositadas las cápsulas. En una mesa al lado del apoyabrazos del sillón estaba su más reciente adquisición: la NovaVit 3000. Era la nueva versión de impresoras de cápsulas a demanda, capaz de recargar sus recursos inalámbricamente con solo el toque de un botón. Le había solucionado muchos problemas, como el que tener que pararse e ir caminando hasta la puerta a recibir al chico del delivery de cartuchos y tener un intercambio de palabras incómodo. Alfonso agarró las tres cápsulas y se las metió todas juntas aplastando la mano abierta contra su boca. Era uno de sus combos preferidos. Empezó a sentir como le volvían las fuerzas que no habían sido repuestas en sueños, los ravioles sintéticos lo saciaron, y la Coca-Cola le dio su toque característico de azúcar efervescente.

Estaba listo para encarar el día. (más…)

Suciedad y estado

Me desperté el mediodía de un martes y prendí un cigarrillo. Mary seguía desplomada en la cama, desnuda. Llovía. Era un día de mierda. Fui a la cocina, tenía algo de hambre. Abrí la heladera que no enfriaba nada porque nos habían cortado la luz por falta de pago: unas cuantas lechugas muertas, queso con hongos, dos cervezas y tomates, uno parecía estar en condiciones todavía. Le di un mordisco, pero no, estaba podrido por dentro. Vomité en el piso. Un asco. Había vomitado una cosa medio verde medio marrón con mucho olor a alcohol. Para sacarme el mal gusto agarré las cervezas, calientes, y me fui al sillón a tomar. Agarré de la mesa mi caja de cigarrillos, estaba vacía. Me puse la camisa y el short que había tirado en el piso la noche anterior, y salí del departamento.

Sentado en la vereda estaba mi vecino, el fortachón, con ropa deportiva y barba cuidada, fumando marihuana. Me convidó una pitada y le di una larga. Me dijo que me sentara un rato, le dije que no, que no podía, tenía que ir a comprar cigarrillos. Así que me puse a caminar, la estación de servicio quedaba a una cuadra. Caminé lento, no llovía tan fuerte.

La estación era muy grande, tenía de todo: kiosco, cafetería, restaurante, y hasta un bar que funcionaba de noche. Pasé los surtidores saludando a los chicos desde lejos. En el ventanal de la tienda leí SE NECESITA PERSONAL. ¿Por qué no?, pensé, necesito plata urgente. Entré y le pregunté a uno de los cajeros:

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Renuncio

Le pregunté a Claudia si estaba segura de lo que quería hacer, renunciar al trabajo acarrea más consecuencias de lo que uno piensa. Plata no necesitábamos, con mi trabajo era suficiente, pero ¿qué iba hacer en casa todo el día? Lo venía pensando hace mucho, y yo, estaba un poco harto de escuchar sus quejas todas las noches: que su jefe le daba tareas que no le correspondía, que le pedían que trabaje casi todos los sábados, que no le dejaban poner plantas en su oficina porque era antihigiénico, que no estaba segura si le gustaba lo que hacía… Siempre había algo nuevo por lo cual quejarse.

—Te vas aburrir —le dije, mientras la observaba, desde el sillón, caminar inquieta con una copa de vino en la mano, con ese grado de adrenalina que anuncia un cambio. (más…)

Sustancias

¿Quién dijo que la poesía debería ser formada?
¿Quién dijo que las sílabas deberían ser contadas?
¿Quién dijo que las estrofas serían cantadas?
¿Quién dijo que lo abstracto debería ser lógico?

Por lo que fue pensado se vuelve a pensar
Lo que fue creado se vuelve a crear
Porque el ser no es si alguien no fue
Porque el fue somos todos y nosotros

El dirán no sirve sino remienda
El tal vez es aprendizaje
El crecer, es volver a creer

Tiempo para estar

Marta, mi mujer, me miraba parada con las manos en la cintura, con la cara seria, casi trágica. Yo, que estaba leyendo el diario en el sillón, quería hacerme una bolita cada vez más chiquita y desaparecer, esfumarme por arte de magia y despertar de un mal sueño para poder disfrutar de otro domingo a la mañana tranquilo. Después de tantos años de evadir la siguiente conversación, me lo dijo, y no llegó en forma de pregunta:

—Antonio, quiero tener un hijo. (más…)

Encuentros

Ella alimentaba a las palomas, y a su lado, Stefan, observaba pensativo. Las palomas se peleaban por agarrar las migajas de pan que les tiraba, se daban picotazos, volaban unas arriba de las otras y batían sus alas. Stefan no le encontraba sentido, y no pudo evitar preguntarle a su desconocida, compañera de banco:

—¿Por qué da de comer a las palomas, señorita?
—Porque tienen hambre, ¿no ve? —respondió.
—Sí, pero las palomas nunca se sacian, lo único que hace es fomentar su reproducción epidémica, además, yo no las veo muy contentas.
—Mire, señor, las palomas son animales como todos nosotros, y, sin embargo, a un niño muerto de hambre no se le negaría un poco de pan, ni pensar considerar nuestra reproducción una epidemia. —dijo la mujer.
—Tal vez. Pero no puede comparar una paloma con un ser humano…

La señorita se levantó, y se sentó a dos bancos de distancia de él. (más…)

Esferas de agua

Ella dibujaba espirales en la arena. Creía que si de alguna manera conseguía realizarlos a la perfección, algo mágico sucedería, y su padre, volvería. Estaba segura que la forma de los caracoles y sus detallados dibujos en la dura pero frágil coraza que los protegían, escondían algo. Confirmaba sus creencias cuando estos después de cierto tiempo, abandonaban sus pequeñas casas enigmáticas y las dejaban al alcance de sus manos para que ella pudiera leer sus mensajes ocultos. Los crustáceos camuflados en la arena le hacían sospechar con su comportamiento que fueran espías, controlando todos sus movimientos, pero a la vez guiándola en el buen trazar de los espirales.

Marina podía pasar tardes enteras en la playa. Cuando empezaba a caer la noche era tiempo de volver a su casa ya que tenía que preparar la cena a su madre, además, no le gustaba para nada quedarse sola, iluminada únicamente por la luz de la luna. A la noche pasaban cosas raras, los animales de la arena no eran los mismos, cambiaban por unos más grandes y feos, o por lo menos eso ella pensaba. El rugido de las olas junto con la brisa helada que aullaba sonidos fantasmagóricos, le daba escalofríos. Su hermana le había contado que el primo de su amiga una vez se adentró en el mar de la noche, y nunca más volvió. «Las olas y los monstruos del agua se lo llevaron», le dijo cuando ella tenía tan solo 4 años. Marina había cumplido once años, se consideraba una mujer grande, pero ese miedo infundido de chica parecía no desaparecer. (más…)